Todas las noches lo mismo. Y Lucía no lo dejaba dormir pronunciando dormida sus nombres y Ariel se despertaba pensando en los chicos muchas veces en la noche y una última vez a la mañana. Y siempre que despertaba, Lucía ya estaba despierta y siempre que se dormía Lucía dormida lo despertaba. O tal vez hubiese sido él el que la despertara hablando dormido y ella, despierta, sólo estuviera repitiendo las palabras de él dormido, no podían saberlo porque jamás abrían los ojos hasta que no empezara a clarear. Se ponían de acuerdo para salir de la cama con una diferencia de diez minutos, turnándose todos los días la felicidad de quedarse solo remoloneando en la cama, acariciándose la panza y estirando los músculos, o de ser el primero que recorriera la casa encendiendo las luces y la hornalla, comenzando a hacer ruidos de a uno y estudiándose el estado de ánimo.
- ¿Nos quedamos un rato más? – dijo Lucía – soñé toda la noche con la fiebre de Dante, siento que no dormí nada. Aparte llueve mucho, que Sofi tampoco vaya a la escuela y listo. La llamo a mi mamá para que venga cuando nos vamos nosotros.
Ariel entendió que aquello significaba que iba a tener que levantarse él a ver a Dante. Si hubiese sabido que sus hijos tendrían el sueño tan profundo y continuo, que no se les iba a ocurrir despertarse ese día con esa mañana tan negra, que serían unos nenes tan buenos, hubiese pagado la luna de miel en Europa en lugar de Brasil y la fiesta para trescientos invitados en lugar de ciento cincuenta. Le tomó la fiebre a Dante: ya no tenía y no insinuó ningún movimiento de vigilia. No estaba de más tomarle la fiebre a Sofía: tampoco tenía, también parecía querer dormir dos horas más. Bajó a la cocina, tomó agua, miró por la ventana los chorros que caían por los surcos del tejado del quincho, el farol encendido marcando un círculo de lluvia en el aire, la pileta llena de burbujitas, la cascada en el tobogán de los chicos, los jazmines de Lucía, erguidos, fosforescentes, - "como flores blancas en la noche y en la lluvia" - pensó, y eran flores blancas en la noche y en la lluvia; distinguió, sin poder ver en lo oscuro, algunos ruidos de distintas formas del caer de la lluvia en las cosas de la casa.
Volvió a la pieza y se metió en la cama. ¿Dónde estaba Lucía? A esa hora ya debería estar saliendo el sol pero ese día el cielo era negro y diluviaba, el toldo del patio era un estruendo y todo lo demás silencio, pero ¿Dónde estaba Lucía? Era capaz de haberse arrepentido y estar vistiéndose para llevar a Sofi a la escuela, empezando a impostar desde el desayuno esa voz de secretaria, a la noche llegaba a casa y servía la cena con esa voz, recién después de dejarla un rato mirando la tele volvía a ser reconocible. ¿Y ahora dónde estaba? No había luz en el baño ni en la cocina, no se la oía hablando por teléfono. ¿Dónde estaría con esa madrugada tan oscura y sin prender la luz? ¿Estaría parada al lado de Dante? ¿Estaría todavía despeinada? Era capaz de haberse hecho un rodete, Lucía, con esa oscuridad y ese ruido a lluvia por toda la casa, lo había echo levantarse a ver a Dante y se había ido durante su ausencia. Porqué no había querido que él la viera levantándose? ¿Acaso habría estado durmiendo desnuda? Momento, Lucía era muy chiquita, ¿Estaría entre los bollos de sábanas y no la veía? No, ahí solo estaba su olor, que por un rato era suficiente, pero enseguida, ¿Dónde se metió Lucía? No sabía ser feliz y se había levantado, se estaría mirando al espejo. Y apareció Lucía.
- ¿Dónde estabas?
- Me dí una ducha y me cambié.
- ¿Con la luz apagada? Está muy oscuro.
- Sí, no se puede creer lo hermosa que es esta tomenta.
- ¿Y te cambiaste? Si seguís en camisón.
- Pero éste es más lindo.
- Es verdad.
Se podía hacer el amor de forma bastante ruidosa, los chicos no se despertaban.
- Soy la persona más feliz del mundo.
- Ahora lo único que falta es ser mago para que el desayuno se prepare solo.
- Justo ayer dejaron un volante de delivery de desayunos. Lo dejé ahí en tu mesa de luz, al lado del teléfono.
- …
- …
- Yo ni voy a trabajar.
- No, yo tampoco.





