martes 10 de enero de 2012

Los Felices




Todas las noches lo mismo. Y Lucía no lo dejaba dormir pronunciando dormida sus nombres y Ariel se despertaba pensando en los chicos muchas veces en la noche y una última vez a la mañana. Y siempre que despertaba, Lucía ya estaba despierta y siempre que se dormía Lucía dormida lo despertaba. O tal vez hubiese sido él el que la despertara hablando dormido y ella, despierta, sólo estuviera repitiendo las palabras de él dormido, no podían saberlo porque jamás abrían los ojos hasta que no empezara a clarear. Se ponían de acuerdo para salir de la cama con una diferencia de diez minutos, turnándose todos los días la felicidad de quedarse solo remoloneando en la cama, acariciándose la panza y estirando los músculos, o de ser el primero que recorriera la casa encendiendo las luces y la hornalla, comenzando a hacer ruidos de a uno y estudiándose el estado de ánimo.

- ¿Nos quedamos un rato más? – dijo Lucía – soñé toda la noche con la fiebre de Dante, siento que no dormí nada. Aparte llueve mucho, que Sofi tampoco vaya a la escuela y listo. La llamo a mi mamá para que venga cuando nos vamos nosotros.

Ariel entendió que aquello significaba que iba a tener que levantarse él a ver a Dante. Si hubiese sabido que sus hijos tendrían el sueño tan profundo y continuo, que no se les iba a ocurrir despertarse ese día con esa mañana tan negra, que serían unos nenes tan buenos, hubiese pagado la luna de miel en Europa en lugar de Brasil y la fiesta para trescientos invitados en lugar de ciento cincuenta. Le tomó la fiebre a Dante: ya no tenía y no insinuó ningún movimiento de vigilia. No estaba de más tomarle la fiebre a Sofía: tampoco tenía, también parecía querer dormir dos horas más. Bajó a la cocina, tomó agua, miró por la ventana los chorros que caían por los surcos del tejado del quincho, el farol encendido marcando un círculo de lluvia en el aire, la pileta llena de burbujitas, la cascada en el tobogán de los chicos, los jazmines de Lucía, erguidos, fosforescentes, - "como flores blancas en la noche y en la lluvia" - pensó, y eran flores blancas en la noche y en la lluvia; distinguió, sin poder ver en lo oscuro, algunos ruidos de distintas formas del caer de la lluvia en las cosas de la casa.

Volvió a la pieza y se metió en la cama. ¿Dónde estaba Lucía? A esa hora ya debería estar saliendo el sol pero ese día el cielo era negro y diluviaba, el toldo del patio era un estruendo y todo lo demás silencio, pero ¿Dónde estaba Lucía? Era capaz de haberse arrepentido y estar vistiéndose para llevar a Sofi a la escuela, empezando a impostar desde el desayuno esa voz de secretaria, a la noche llegaba a casa y servía la cena con esa voz, recién después de dejarla un rato mirando la tele volvía a ser reconocible. ¿Y ahora dónde estaba? No había luz en el baño ni en la cocina, no se la oía hablando por teléfono. ¿Dónde estaría con esa madrugada tan oscura y sin prender la luz? ¿Estaría parada al lado de Dante? ¿Estaría todavía despeinada? Era capaz de haberse hecho un rodete, Lucía, con esa oscuridad y ese ruido a lluvia por toda la casa, lo había echo levantarse a ver a Dante y se había ido durante su ausencia. Porqué no había querido que él la viera levantándose? ¿Acaso habría estado durmiendo desnuda? Momento, Lucía era muy chiquita, ¿Estaría entre los bollos de sábanas y no la veía? No, ahí solo estaba su olor, que por un rato era suficiente, pero enseguida, ¿Dónde se metió Lucía? No sabía ser feliz y se había levantado, se estaría mirando al espejo. Y apareció Lucía.

- ¿Dónde estabas?

- Me dí una ducha y me cambié.

- ¿Con la luz apagada? Está muy oscuro.

- Sí, no se puede creer lo hermosa que es esta tomenta.

- ¿Y te cambiaste? Si seguís en camisón.

- Pero éste es más lindo.

- Es verdad.

Se podía hacer el amor de forma bastante ruidosa, los chicos no se despertaban.

- Soy la persona más feliz del mundo.

- Ahora lo único que falta es ser mago para que el desayuno se prepare solo.

- Justo ayer dejaron un volante de delivery de desayunos. Lo dejé ahí en tu mesa de luz, al lado del teléfono.

- …

- …

- Yo ni voy a trabajar.

- No, yo tampoco.

sábado 17 de diciembre de 2011

Declaración dedo amor




Con este dedo, este que ves acá

El pararrayos único del absoluto caribe

El mástil más triunfante de combate alguno

Más erguido y pendenciero que

lo que sea que quieras apostarme,

Este mismísimo dedo que estás viendo

Que ni piensa jugar a las yemitas con vos

Y nada de mermelada ni de constelaciones ni de páginas,

Tengo el dedo, este dedo,

Engalanado y silencioso

Preparado para explicarte cómo viene

la mano.

Acá clarito y alerta, marcándome el meridiano cero de la cara

Para que me mires los ojos de a uno

Y apuntando para arriba

como un avión que despega como helicóptero.

Con este dedo adulto y legal, este testigo

Intrépido, el dedo de sí y el nó y del si, la nota,

Yo, consciente de que alguna vena

Con nombre de río bravo

Está naciendo del piso que pateo

Y recorriéndome todo el día lo blanco y lo negro

Armándome remolinos, hinchándose, golpeteando

O deteniéndose en algún lado, según

Esté pasando

Ahora acaba de acabar su recorrido, siempre distinto

Le trajo anécdotas al pelo de lo que pasó

que había gente en el hígado

que algo iba muy rapidito en la mano derecha

que el corazón estaba muy ordinario

Y hoy al final del recorrido

Con el parte que la arteriamazonas

Me trajo, deliberamos y te aviso

Ya estamos saliendo

Con toda la tropa y el testamento

hasta el dedo

Este que estás viendo

Prepárate

Capaz que te saco un ojo.

domingo 4 de diciembre de 2011

Es decir.




Te explico

Yo solamente puedo escribir

Sobre dos cosas:

Sobre el mundo, en general,

(cosas donde siempre menciono

Cinco o seis veces la palabra “mundo”; pongo a bailotear un personaje con pollera,

la subo de espaldas en una hamaca y le largo

un vendaval de palabras para hacerla mecerse

le lleno la memoria de accidentes geográficos,

le pego carteles en la nuca con palabras de la infancia

y le empapelo la casa con recortes de diario,

piensa en la lengua, en los besos y en los idiomas,

se pregunta por el tamaño de las palabras, trata de mirarse la mirada de frente,

y espera que pare mi viento agarrándose de las cadenas ,

sabe que voy a dejar de mecerla; a la quietud apoyará los pies

y se quedará pasándose el dolor de una mano a la otra.)

O, si no escribo sobre el mundo

escribo, acercate,

sobre estar enamorada, pero ahí, ojo.

Yo hace rato que vivo en la calle y te voy a hablar bien clarito,

Porque yo no soy ninguna santa, pero los códigos se respetan

Yo vengo acá

Te hago reír

Te apuro para salir, mirá que podría

Atarte bolsas de arena a las botamangas y contarte

El calor que hace afuera, el lío de tránsito, lo fea que es

La música y lo locos que están los demás, insinuarte

que me gustaría quedarme en tu casa viendo

cómo vas y venís de la cocina, con ese aire de rehén,

de Mariano Moreno, de abuelito que no sabe dónde dejar los ahorros,

sirviendo la merienda con una torpeza adulta, como si

me hubieras escondido un papel con una pista debajo de cada plato,

yo trato de contar una historia

y me seguís pasando

con la mirada en otro lado,

ese mate de charco del barrio, todo lleno de barquitos,

de mariposas que sobrevuelan, bajan rapidísimo,

agarran una gotita para tomar y siguen revoloteando

ahí en círculos alrededor de mi explicación,

como si a esta altura de las cosas, a esta edad,

a esta curtiembre del estómago, esta cantidad de teclas apretadas

todavía estuvieran esperando

que la cosa empiece de nuevo, yo

mientras te cuento, es menester que lo sepas,

que yo sólo puedo escribir de dos cosas

sobre el mundo, en general

o sobre estar enamorada.

jueves 24 de noviembre de 2011

Lo perverso

Anabella trajo la desgracia a la familia, desde el jardín de infantes pintaba para genio y figura pero en vez de hacer algo útil, traía problemas. Acusaba a los compañeros de racistas, de mediocres, de depravados , de todo lo que veía en la tele. Hacía huelgas de hambre, lloraba a los gritos por las lastimaduras que ella misma se hacía tratando de pintarse la piel con los lápices de la escuela o de sacarles punta con el ombligo. Se embadurnaba en voligoma, tomaba aguarrás y se cortaba el pelo como cualquier nena, pero decididamente se pasaba de la raya con todo lo referente al gallito ciego, el carnaval y el hurto.

Era muy difícil ponerle límites, le metió el dedo en nariz a todo el mundo, andaba por los baldíos, se cambiaba los peinados y se olvidaba de los exámenes, de los mandados, de cerrar con llave, de cambiar las sábanas, de sacar al perro y de ventilar el baño después de ducharse. Debe haber perdido catorce guardapolvos en toda la primaria. Después se encerró a llorar en su cuarto toda la adolescencia y se olvidó de todos. Salió a los dieciocho diciendo que ya estaba lista para ir a estudiar y a trabajar. Al año ya le había nacido un bebé de un estudioso de no sé qué, que andaba migrando al norte y que después iba a volver. Entonces se quedó ahí amamantando al nene en pleno patio y usando unos trapos que no eran ropa. Seguía mintiendo con el vuelto de los mandados, con el horario de la escuela, con que la espinaca hervida se achica mucho y qué se yo que ave de paso inventaba para comer más choclo, como si alguien se lo fuera a negar con pedirlo de buena manera.

A Anabella nunca le bastaba con nada, siempre quería más y fue así desde chiquita. Si uno se la subía a la falda para hacerle caballito chillaba de alegría como una loca de atar, pero si la bajaban y le decían que ya está, había que empezar a darle explicaciones a los vecinos de lo que gritaba. Se hacía la enferma para dormir en la cama grande, hubo que darle de comer en la boca hasta los cinco años y siempre dejarla que, bocado por medio, ella le metiera la cuchara vacía en la boca a uno, haciéndose la mamá.

De a poco todos la dejaron de querer y a la muerte de su madre se mudó. No se sabe si es que no cambió nunca el domicilio o es que vive muy cerca, pero su nombre sigue estando pegado en la pared de la escuela cada vez que hay elecciones, es todo lo que puedo decir de ella, vino con un problema abajo del brazo y el pan se lo debe estar comiendo con mermelada, porque se sabe que ahora anda casada con un abogado y le dice a la policía lo que tiene que hacer.

jueves 10 de noviembre de 2011

Las Patronas




Bendita la idea que tuvo de casarse en pleno verano, encima de lo que iba a hacer sufrir a la porteña que iba a terminar con una aureola amarilla en las axilas y el maquillaje ridículo, nosotras estábamos ahí pasando las vacaciones y se debe haber arrepentido toda su vida del capricho ese de casarse el día de los enamorados, se hacía el porteño con esas cosas , se pensaba que por ser el hijo del comisario estaba un pasito más lejos del corral de las gallinas, se hacía el que tenía el cerebro distinto y se la pasaba preguntándole porqué porqué porqué a todo el mundo. Alguna vez Vero le contestó que ya que tenía tantas preguntas, porqué no estudiaba como nosotras en vez de quedarse todo el año ahí cebándole mate al viejo y murmurando pavadas. El día que se casaba yo me bañé y salí cuando aflojaba el calor, agarré por el camino chico hasta la represa y todavía no era de noche cuando ya habíamos llegado las tres. Fumamos y tomamos una botella entera de Tía María que mandamos a comprar a mi hermanito y llegamos a la parroquia con la cabeza tan alta que nos caíamos para atrás y el aliento tan podrido que nos tapaba los ojos. Estábamos tan borrachas, tan contentas y teníamos tantas ganas de armar despelote que nos parecía que los grillos nos gritaban por el camino y que los bichitos de luz se movían muy rápido avisándole a todos que ahí íbamos, del brazo y a pasos largos, desabrigadas y limpias, por el camino grande de la represa hasta el patio de atrás de la escuela; ahí parar un rato a carcajearnos, a preguntarnos varias veces, yo a Sofi, Sofi a Vero, Vero a mi, yo a las dos, las dos a mí, mirarnos y hacer de cuenta que lo pensamos dos veces cuando sabíamos perfectamente que lo íbamos a hacer, que pararnos ahí en el patio de atrás de la escuela a arrancar pastitos y a decir “chicas, no puedo creer lo que estamos haciendo” o “che, mirá si sale todo mal” no era de ninguna manera considerar la posibilidad de echarnos atrás, sino que era parar más bien a felicitarnos de antemano, a convencernos de que no había forma de que saliera mal.

Del patio trasero sabíamos entrar a la escuela y saltar el cerco del frente para no tener que dar toda la vuelta, y además sabíamos hacerlo con la pollera, cosa que hoy no podría hacer, y la pollera de jean, de esas que no te dejan moverte demasiado, las tres teníamos una parecida, era lindo usarla para ir al pueblo pero más lindo era usarla para andar por la represa de noche las tres solas y encarar el camino grande muertas de risa. A Sofi ya empezaba a quedarle medio chica, para que no le apretara demasiado la panza tenía que ponérsela un poco más alta y le quedaba demasiado cortita, tenía que estar todo el tiempo estirándosela y además era la más incómoda por el tema del casamiento porque ahora andaba con el hijo de la maestra y no quería sacar trapitos al sol ni seguir engordando por vivir quietita y sin novio, estudiando.

Así siguió siendo siempre, muchas veces después me he parado a tocarme el pecho agitado antes de hacer algo, de pelearme con Gabriel o de sacarme la ropa con otro, me he parado a pensar y he querido preguntarme si soy capaz, o si debería serlo, sabiendo muy bien que lo soy, y que paro porque es hermoso saborear el momento antes de decir algo muy feo, o muy hermoso, o una mentira, y es hermoso moverse donde uno sabe tomar atajos y usar minifalda, después de eso me tomó muchos años volver a sentir esa sensasión de patrona, de viento en la cara que reconocía aquella noche, yendo con las chicas a arruinar el casamiento del hijo del comisario y parando en el patio de la escuela para hacer girar la calesita al pedo.

Saltamos el cerco, rodeamos la municipalidad por la parte de atrás para que nadie nos viera cruzar la plaza que estaba iluminada y llena de gente. Llegamos al patio de atrás de la parroquia y vimos a varias mujeres de delantal bien blanquito poniendo la mesa y colgando los banderines. Nos quedamos en lo oscuro, yendo a espiar cada tanto. Se llenó la iglesia, se vació la plaza y entramos a la sacristía. El cura ya estaba en el altar y conversaba con el padrino.

- Hijo de puta... ¿Dónde está? – dijo Sofi – en voz bajita y pareció que iba a decir algo más pero no le salió nada.

- Ya está entrando la porteña. - dijo Vero, y nos mandamos al medio del altar sin persignarnos. Apareció en la sacristía con su traje de novio por la misma puerta por la que habíamos entrado nosotras. Lo rodeamos entre las tres, le pestaneamos un poco en silencio y le empezamos a largar mucho aliento y poca voz,

- ¡Caradura!

- Maleducado, cerdo hipócrita

- Nene de mamá, chupamedias, falso.

- Roñoso, traidor, degenerado.

- ¡Degenerado! Mentiroso, repugnante.

- Bruto asqueroso, cavernícola, animal.

- …Trolo. ¿Qué te casas? Si sos trolo.

Y salimos por la puerta de atrás, nos repartimos los chicles, nos lavamos las manos y la cara y volvimos a entrar a la Iglesia, saludando a todo el mundo.

jueves 3 de noviembre de 2011

Odio




Se acabó, viene taconeando con una cadencia contagiosa todo este odio que le estuve negando a la vida. Ahora van a empezar a tambalearse las viejas sordas nomás de sentir el aire que exhalo cuando hablo y pienso hacerle sangrar los oídos a las maestras. Voy a mandar algunos mails y voy a escribir algunas poesías apaleando el teclado de la computadora de tal forma que suene en todo el edificio. Voy a salir al atardecer de mi casa y voy a caminar todo por Juan B. Justo hasta Liniers, por adentro de la vía del Metrobús, haciendo chasquear los dedos para que me sigan los perros y cuando termine las papas fritas pienso tirar el paquete al piso. Ya va ir siendo la hora de que los recolectores empiecen su recorrido y no tengo pensado meterme con ellos, pero al primero que me diga algo de mis tetas lo mato. Además es viernes y es probable que en algún momento del camino me cruce con algún Rolls Royce antiguo todo lleno de moños yendo a la Iglesia con una novia adentro. Y más le vale que vaya con la ventanilla cerrada porque si llega a escuchar lo que voy diciendo se va a poner a llorar, se va a bajar del auto a decirme que estoy equivocada, se me va a poner a gemir con eso de que somos seres humanos y yo voy a poner en forma de pistola mis deditos bien engrasados y le voy a ir marcando sobre su encaje blanco el ritmo de la frase:
- Vos no sos buena. No sos linda. No sos inteligente. Te quieren y querés porque todos quieren y todos son queridos por alguien. Eso no significa nada. Y ese vestido te salió veinte mil pesos que ni siquiera gastaste por respeto al ritual, a la cultura, por ortodoxia. Los gastaste simplemente porque los tenés, lo hacés porque sos idiota.
Y después voy a seguir caminando, pensando en música.
Yo tenía un novio carilindo, le expliqué que yo no necesitaba querer a nadie, que lo quería porque era hermoso y le advertí que eso de los hijos es la manera más barata y menos complicada de cumplir con la cuota de amor obligatoria que todo ser humano debe tributar a la sociedad y a su conciencia a cambio de que ambas lo dejen mirar la tele en paz. De no cumplirla, se corre el riesgo de que a uno lo metan preso por patear policías, lo denuncien por opinar que a la vejez la gente suele ponerse más estúpida y más hincha pelotas y cosas parecidas.
Ahora caminando por Juan B. Justo vamos a ir a dar a San Cayetano y mi odio es un odio alegre, porque odiar es liberarse de la obligación de amar, yo vivo en una ciudad enorme, soy empleada pública y me gusta leer y tomar cerveza, mi odio va a hacer llorar a los vecinos y me dejará sutilmente más sola, pero mi amor te va a dejar paralítico, corazón, ahora soy libre y ensucio la ciudad porque la ciudad es fea. No pienso dejar que tuberculosis ni orquesta alguna me doblegue el desconcierto, y cuando decida amarte vamos a salir volando.
Mi novio carilindo me entendía y además era medio bocón, cuando se dormía de costado se le desparramaban los labiotes arriba de la almohada y le quedaba un hombro en lo alto con los huesos muy marcados, yo me ponía el pelo adelante de la cara, entrecerraba los ojos y lo miraba entre los obstáculos pensando en una montaña que hay al final de una callecita de un pueblo que una vez visité en silencio.


jueves 6 de octubre de 2011

El Trompetista del Futuro. (Final)




I


Horacio Truso era un trompetista que se preparaba desde hacía meses para el concierto más importante de su vida. Hacía años se ejercitaba en la destreza de ejecutar el instrumento usando sólo una mano y para ese concierto tenía pensado recurrir a la ayuda de la otra mano sólo en tres ocasiones, cada una de una corchea de duración, en notas que le resultaron absolutamente irreemplazables y no había logrado digitarlas sin ayuda de la otra mano para sostener el instrumento.

Al atardecer de la víspera del concierto fue a visitar a una amiga, volvió a su casa, se preparó su comida favorita para cenar y luego se encerró en su sala de ensayo a repasar las obras y a improvisar un poco para distenderse. Se fue a dormir al alba y se despertó bien descansado a las tres de la tarde. Era un día helado, cuando salió de su casa al teatro a las cinco de la tarde ya estaba oscureciendo y era reconfortante pensar en el amasijo de vapores y lanas que lo cobijaría viajando en subte en hora pico. Comiendo garrapiñadas mientras esperaba en la estación, se le cayó un diente de platino que tenía implantado. Esto no le provocó ningún dolor y siguió su camino intentando no alterarse, no había ningún problema, luego del concierto iría al servicio odontológico de urgencia a que le colocaran nuevamente el implante. Subió al escenario diez minutos más tarde de lo anunciado porque el frío del teatro, donde no se permitía ningún tipo de calefacción que pudiera influír en la exquisita acústica, le dificultó muchísimo la tarea de calentarse las manos. Permaneció tras el telón con la trompeta bajo el brazo, dándose aliento en las manos y visualizando con los ojos cerrados la escritura de los pasajes más difíciles que iba a tocar, como hacía siempre en esos momentos de absoluta concentración. Como quien recuerda la sonrisa de una persona o un balcón con muchas flores, Horacio evocaba la imagen de unos cuantos palitos unidos a circulos y trataba de internarse en la mera forma del dibujo olvidando que aquello era la escritura de la música. Cuando se sintió listo hizo un gesto al presentador para que saliera a anunciarlo y esperó, con la mente en blanco, que se corriera el telón y cesaran los aplausos.Levantó levemente la cabeza, las cejas y el brazo izquierdo, los mantuvo así un instante y los dejó caer en dirección a la batería. Una vez más oyó romperse el silencio con aquel repiqueteo de los platillos y percibió el estremecimiento en el ambiente siempre igual y siempre otra vez nuevo, se permitió sentirlo y esperar la entrada del contrabajo con su escalita descendente, que a su vez daba la entrada al piano sin la necesidad ni de que se miraran entre ellos. Esperó los ocho compases de intruducción y prestó atención a los párpados del pianista que aprovechaba un corte del contrabajo y la batería para hacer surgir un vaivén de arpegios que lo invitaba a tocar. Se puso en posición, cerró los ojos con las cejas muy levantadas y entró en el acento con una larga nota que retomaba, dos octavas más arriba, la misma que el pianista había dejado suspendida en un dedo de su mano izquierda. Entró la batería, entró el contrabajo y su nota larga se convirtió en melodía. Ya estaba tocando.

Sintió el hueco en la dentadura. El aire que dosificaba desde su diafragma se desviaba por ese espacio y hacía disminuir la presión del flujo. Hizo un gran esfuerzo físico para vencer la dificultad y realizó toda la presentación sin que nadie pudiera percibir algo raro ni un rasgo de menor maestría en su manera de tocar. Cuando terminó agradeció al público de manera muy escueta. Notó que era el calambre en la boca lo que le impedía sonreír a la concurrencia y la agitación en el pecho lo obligaba a estarse quieto un momento antes de huir del escenario. Alcanzó a reconocer a Frank Madly, el célebre trompetista estadounidense de visita en el país, de pie, aplaudiendo en la primera fila. El director del teatro, con la cara colorada y el pecho a la altura de la nariz. Su representante, con el aplauso a la altura del bajo vientre, mirando para todos lados.

Esa noche desistió de ir al dentista y reflexionó largamente.

Siempre había sido incómodo para Horacio contarle a alguien que tocaba la trompeta. Le había resultado más facil ocultarlo que encontrar una respuesta a la razón de ese problema. Intuía que tal vez una trompeta evoca en la gente un sonido agudo muy estridente, o por lo cómico de la palabra, “trompeta”, una especie de sensación como de los tres chiflados que el podía leer en los rostros de las personas cuando les informaba que era trompetista y adivinaba que lo estaban imaginando con corbata de moño tocando ese instrumento, el único que se puede tocar con una mano y dejar la otra en el bolsillo.

- ¡La trompeta y el que toca el hombrecito rojo del diario! - le había retrucado una vez un sobrino.

- Eso no es un instrumento, es una corneta, una cosa de cotillón, para llamar a las ovejas o para avisar que viene el malón. No es para hacer música.

A medida que se fue perfeccionando en su profesión, Horacio consideró que no tenía por qué cargarse al hombro el prestigio del instrumento frente a gente ignorante que creía que un violín era mejor. Decidió no empeñarse en explicarle a toda la población el sinfín de posibilidades de desarrollo que implica para la música la capacidad de ejecutar un instrumento con una sola mano. Tendrían que estudiarlo sus tataranietos junto con todo eso de la imprenta, la máquina a vapor y las computadoras. Tampoco quiso explicárselo a la gente que sí estuviera dispuesta a escucharlo. Despreciaba esa moda tan creciente de escuchar músicas autóctonas de gente que usa todo el cuerpo nomás para marcar el pulso o se empeña en aporrear un instrumento con todas las partes de su anatomía con las que le sea posible. Había visto gente golpeando el piano con el codo, mordiendo la guitarra, cantando con la boca cerrada, gente que parecía creer que avanzar es crear cosas cada vez más difíciles en vez de hacerlas cada vez más fáciles.

Por su parte, se sabía a sí mismo con algo del futuro de la música en sus manos y pensaba llevar tan lejos como le fuera posible las posibilidades de su instrumento monopodófono.

- Ya me está sobrando una mano – pensó. - ...y ya he visto que no me ha faltado nada esta noche – siguió pensando, dando cada paso en su razonamiento como quien se acerca al cofre de un tesoro que no le pertenece... si lograra tocar mi trompeta sin necesidad de utilizar la boca... podría comprar otra trompeta... y tocar las dos al mismo tiempo – pensó.


II


Las excelentes repercusiones del concierto se habían acumulado en el contestador automático y en la casilla de correo a lo largo de toda la mañana siguiente. Horacio se levantó pasado el mediodía y en media hora ya había visto todos los mensajes de felicitaciones y respondido los que era necesario. Su representante había dejado un mensaje larguísimo, diciendo con la voz quebrada y balbuceante que había sido una noche inolvidable para él, que lo felicitaba y lo apreciaba mucho. Dominó el fastidio que le provocó el tan meloso mensaje y lo escuchó hasta el final. Acababa diciendo que Frank Madly había quedado maravillado, que iba a quedarse un tiempo en la ciudad y que le gustaría que planeasen una presentación juntos, que por favor lo llamara en cuanto pudiera, que era una oportunidad increíble, que estaba muy feliz de ser su representante, otra vez que lo felicitaba y otra vez que, por favor, lo llamara en cuanto pudiera.

Horacio consideró que no era necesario llamar enseguida y que, siendo pasadas la una, tampoco era necesario desayunar. Almorzó pensando. El concierto habia sido un éxito. Todos estaban satisfechos, cautivados. Había recibido el llamado halagueño de mujeres que hacía años que no veía y de personas con las que se había enemistado. Había vencido el miedo, la dificultad del diente perdido y había llenado aquella sala enorme, plagada de abrigos y pulóveres absorviendo el sonido, con sus miles de terciopelos y alfombras, había sido capaz de generar con su trompeta un sonido que escuchó hasta el último colado del pull man. Y había tocado la trompeta con una sola mano. Destapó una cerveza. Pensó en cuál sería el principio físico que permite flamear a las banderas, volar a los aviones, erguirse a los penes, enredarse en los árboles a las bolsas vacías, desenrrollarse tan graciosamente a aquellos objetos de cotillón. ¿Sería acaso el mismo principio físico que le permitiera tocar la trompeta sin manos, logrando sostenerla con la sóla fuerza del flujo del aire? Casi se le había terminado la cerveza, se echó en el sillón y se rió de su cómica ocurrencia pero también se rió de satisfacción y de superioridad.

El concierto más importante de su vida había sido ayer. Ahora, todos estaban pensando en él, pero él apenas lo recordaba. Hasta Frank Madly estaba pensando en él. Quería una presentación a dos trompetas. Una calamidad, nadie sería capaz de soportarlo. Él lo sabe perfectamente. ¿Dos trompetas? A quién se le ocurre semejante tortura.

- Lo que Madly quiere es tocar la trompeta con mi sonido – pensó. - pero no eso no va a suceder. Yo voy a tocar mi sonido con su trompeta.

Repasó la extraña sentencia que acababa de elaborar. No le pareció que esas palabras hubieran quedado bien acomodadas, pero él sabía perfectamente qué había querido decir. Preparó una jarra entera de café, se ató los dedos de la mano derecha con cinta de embalar y se encerró a tocar. Ya había anochecido cuando salió de la sala de ensayo y llamó por teléfono a su representante.

- Decile a la gente de Madly que cuando quiera podemos empezar a ensayar.


A la semana siguiente los representantes de Madley y de Horacio ya se habían contado sus vidas enteras, habían tenido una larga charla sobre las más inolvidables vueltas de improvisación de trompeta de la historia del jazz, se habían emborrachado, habían conseguido un muy conocido teatro céntrico y varios sponsors para el concierto que los dos gigantes darían juntos dentro de tan sólo cuarenta días. Hacía siete días que Horacio tenía la mano derecha envuelta en cinta. Había cambiado la de embalaje por otra hipoalergénica de botiquín, sólo se la sacaba para dormir y ahora debía sacársela para asistir a la cita. Era viernes otra vez. Horacio Truso y Frank Madley se reunieron esa tarde, se estrecharon sus enguantadas manos y pasaron toda la charla apretándolas cotra las tazas calientes, frotándolas debajo de la mesa o poniéndolas bajo las axilas o las piernas. Planearon un repertorio clásico con mucho espacio para lucimientos y decidieron los nombres de los músicos que los acompañarían. Terminada la charla, Madly propuso que tocaran un rato y se quedó con una sonrisa suspendida esperando la respuesta. Horacio se levantó de la silla sin sacarle los ojos de encima ni devolver la sonrisa. Dió tres pasos hacia atrás, se sentó en el piano y empezó a acariciar las teclas. Continuaba mirándolo. Le hizo una pequeña inclinación de cabeza y Madly comenzó a desenfundar su trompeta más para tener una excusa de cortar aquella mirada sostenida que por otra cosa. Horacio comenzó a tocar una base de blues tan básica y poco expresiva que hubiera resultado un insulto hasta para un baterista principiante. Madly entendió que, seguramente, Horacio quería escucharlo tocar, conocerlo, juzgarlo quizás. Accedió, estaba lo suficientemente seguro de sí mismo y aún lo suficientemente encandilado con el recuerdo del concierto de Horacio. Madly era era el trompetista más encorvado que hubiera soplado bronce alguno. Parecía que estaba queriendo aspirar la alfombra o asustar a las hormigas. Tocando sentado llegaba, incluso, a apoyar los codos sobre sus rodillas y tocaba como si se estuviera lamentando por la muerte de su madre. Cuando Madly tocaba la trompeta, no había parte de su cuerpo que no estuviera tocando la trompeta. Uno podía escucharlo aunque fuera sordo, con sólo mirarlo. Se iba encorvando cada vez más hasta que con alguna nota larga y aguda se sorprendía a sí mismo y se incorporaba dramáticamente. Se marcaba el pulso con los pies y dibujaba medialunas en el aire con los movimientos de su cabeza, separaba los codos como levantando vuelo en las frases más lánguidas o los pegaba a al cuerpo y amenazaba con caerse de boca al piso en los pasajes más frenéticos. El poco esmerado acompañamiento de Horacio se fue acomodando. Madley tocaba maravillosamente bien.


III.


Lo felicitó en español y Madly entendió el gesto. Volvió a adoptar una postura humana y respondió con una inclinación de cabeza y una leve sonrisa.

- ¡Cuánto hacía que no tocaba un poco de blues! Me he divertido mucho, Sr. Truso.

- No sea usted condescendiente conmigo, Madly – dijo Horacio adoptando un formalísimo y pausado inglés. – usted sabe que aquí en el tercer mundo, sólo la altanería le da vida al talento, y lo que yo acabo de hacer es un desaire hacia usted. No tiene por qué sonreírme con esa indulgencia. Lo que usted tiene que hacer es exigirme que toque la trompeta. Y para justificar lo mezquino de mi actitud, para llegar a insinuar que de algún modo tengo el derecho de ser yo tan miserable y grosero con usted, yo debería tocar la trompeta como un santísimo dios hecho carne, debería tocar como todos los muertos, yo debería tocar veinticuatro tiempos sin respirar, debería tocar con la mano izquierda para que usted no me condenara por lo que acabo de hacer.

Madly hizo un silencio y soltó un aire brusco parecido a una risa.

- Ya veo que vamos a llevarnos bien. Y ya que vamos a medirnos el carácter, cosa que considero absolutamente pertinente, le digo que es cierto, estaba siendo condescendiente con usted, y lo estaba siendo sólo porque ya lo he oído tocar la trompeta. Permítame decirle que es un pésimo pianista.

Se carcajearon, empezaron a tomar vino y a garabatear arreglos para el concierto. Horacio advirtió a Madly sobre lo enardecido del público argentino: era necesario tener previsto un bis, aun cuando ya hubieran previsto un bis. Pero el tiempo apremiaba, preparar oro bis requeriría por lo menos un ensayo más, los músicos de la banda ya estaban contratados para diez encuentros antes del concierto, el cronograma de ensayos era apretadísimo. Madly adujo que el programa estaba plagado de clásicos y que, cerrando con All of Me, nadie pretendería mucho más, otro bis era innecesario. Horacio apostó su trompeta a que el público ovacionaría por tres minutos más después de bajado el telón y encendidas las luces. Si tal cosa ocurría iban a salir a escena de nuevo a tocar Take The A Train. No era necesario ensayarlo: tocarían el tema una primera vez juntos, segunda y tercera vez Truso y Madly respectivamente, haciendo sus variaciones, una cuarta vez, de nuevo juntos, luego improvisación a cargo de Truso por haber ganado la apuesta, y luego de nuevo el tema, los dos juntos, una vez, otra vez y adiós.

- De acuerdo. Si usted gana, será divertido. – Dijo Madly borracho y risueño. – Pero ha apostado su trompeta. Si yo gano la apuesta, ya veremos cómo se las arregla usted para tocar la trompeta sin trompeta.

Esa noche, Horacio se desveló.

Ese Madly era un idiota. Ya no sabía qué más inventar para poder seguir tocando con las dos manos. Era capaz de tocar All of Me con otra armonía, All of Me con la letra de La Cumparsita, All of Me con tambores africanos, All of Me llorando y hasta All of Me a dúo de trompetas con tal de no tener que renunciar a sus dos manos y a esa manera de mecerse.


IV.


El público bramava, había mujeres hermosísimas que ni se habían vuelto a poner los zapatos antes de ponerse de pie para aplaudirlos, había hombres que abrazaban a sus parejas, había gente aplaudiendo con los ojos cerrados, personas mirando la cúpula de la sala como quien sospecha que está soñado. Tras el telón, Horacio Truso y Frank Madly mantenían sus espaldas juntas, normalizando la respiración y mirando el reloj. Cuatro minutos cumplidos. La bestia de cuatro pulmones, casi perfectamete simétrica, miraba a ambos lados y vigilaba el tiempo . Reapareció en el escenario y esperó a que bajaran las luces. Truso oyó comenzar los golpecitos pícaros de los platillos, se reavivaron las ovaciones. El piano empezó a insinuar algo y la oscuridad de la platea se llenaba de brillo de sonrisas. Madley, concentrado, ignoraba su trompeta como quien coquetea y se miraba reflejado en la trompeta que Truso sostenía con su diestra. Cabeceó para indicar que empezaban en el próximo compás. Medio tiempo antes de empezar, Truso cambió la trompeta de mano y se despidió de su público con Take The A Train.


miércoles 28 de septiembre de 2011

Poesía Egocéntrica de Cumpleaños




No es que se acostumbre uno
a su propia cara enmarcada de colores,
se sigue acomodando
de a palmaditas
el pelo, la ropa, la espalda
ahí mirándose con los ojos de
la madre del abanderado,
se cuida de insultarse delante de los demás
de averiguar cuál será el día
que llene de deseo los días
cuando sea que empiecen los días
y que ya no sea, porque no será
que me aplauda toda la Bombonera
ni quedarme afuera pensando en el Riachuelo
sin saber muy bien qué pensar ni
comprendiéndolo todo
ni buscar un río de verdad o dejar, tal vez
pasa la idea de navegar y es
como si yo navegara mientras yo me miro
ni hacerse del circo que prevé
ese enorme presupuesto en
tiración de papelitos al aire
y otro tanto a desaparecerlos
antes de que lleguen a tocar
el suelo de la Bombonera
y uno con ganas de decir
que es como la vida,
pero no

ni mucho menos quedarse afuera,
definitivamente no, ni esperar a alguno
que vuelva de ahí ni de mirar el Riachuelo
ni hacernos el hábito de ir juntos, eufóricos
pero menos en silencio, como si
de la Bombonera se pensara qué será
si corresponde a esta altura pretender
vivir como comiendo
obvio
Bombones
ni escribiendo la mejor poesía
ni estar contenta de no hacerlo,
uno no se acostumbra y anda con
patitas de lana sobre su carácter porque
mirá si terminás como ése o aquel o si
nunca más escribís una poesía, imaginate
que mañana no escibís nada, pasado tampoco
y así para siempre hasta que te mueras,
cuidado, se insinúa uno, y otras veces
cuando me gusta como canto
me río de mi cara en mi mismísima cara
me burlo descaradamente de mi infancia
y de esa seriedad renegada
y de hacerme la canchera,
después
me ofendo y me retiro la palabra
no me hablo ni para pasarme la sal.

Hasta que viene alguien
como Dani, o mi amigo Victor o
cualquiera de los Victor Hugos,
y me habla bien de mí,
entonces me perdono dulcemente
porque hace rato que uno se conoce pero
está tocando mejor y
escribe siempre lo mismo,
cuando se equivoca
no se equivoca de personalidad
y al fin y al cabo
uno no se acostumbra.
Se encariña.









miércoles 14 de septiembre de 2011

Brasil, la Tierra de los Caníbales



Hace un rato miré la hora y pensé

Si sería tarde y ahí empezó.

Dije uy

Ahí me va a salir algo para una poesía

Y era algo así como

“hace un rato miré la hora y me pareció tarde”

Enseguida me bajé del subte y perdí el hilo

Entre los mil brasileños que andan a los gritos

Por la nueve de julio y pensé

que sería muy de noche y con algo del discurso

de los perros y la luna que decimos:

vamos a brasil, amor mío, a la tierra de los caníbales

Donde las cosas se resuelven de maneras inesperadas,

El pensamiento tiene forma de montaña cayendo abruptamente

Sobre el mar y todo lo que se ve en la frente de los peatones

Es esa compleja inocencia

De quien sabe que

Tarde o temprano,

Todo se resuelve en la tierra de los caníbales

Donde todo ciudadano tiene en su casa

Abrigado y bien alimentado

Un indio manso que permanece en silencio

Y lo espera a la vuelta del trabajo

Con la mesa puesta y mientras el carioca cena

El tupí calienta la cama y cuando el carioca se acuesta

Ha desaparecido el tupí pero no se duerme hasta asegurarse

Que el carioca se ha dormido y que entonces

No necesitará nada de él y mañana

Será otro día de caminar por el filo del filo de la vida

En países que arrojan sus montañas al mar y los más astutos

Se apilan con sus cuatro objetos en las tierras más altas

De la puna o el morro y esperan que el mundo se decida

Entre arrojarse al vacío o seguir enemistando

Placas tectónicas, tribus y artistas, el

Ciudadano aveces pregunta a su caníbal,

Qué debería esperar, o porqué será

Que a veces siente que entiende

Lo que sabe muy bien que no entiende,

le dice por ejemplo

“Aníbal, hoy tuve ganas de suicidarme” o

“Mi vida no tiene ningún sentido, estoy

Muy decepcionado de mí”

“Aníbal, a veces amo a las personas con sólo

Verlas esperando el colectivo y otras veces

Quisiera que una catástrofe los soplara del mundo”

“Aníbal, qué opinas, vos que vivías en las tierras

tupidas y quietas del centro

Y no en esta locura de humanos que subien y bajan

En esta lucha de moles y casas disputándose

un aire muy claro y muy limpio, pese a lo que digan

nada se interponte en la caída de la tierra sobre el agua

y qué caminar como si a uno le pidieran

que apueste todos los días

al ganador, Aníbal, qué hacer.

Y Aníbal le contesta “cómase todo”

Y le devuelve al brasileño su cara de compleja inocencia

Necesaria para andar

Por el filo del filo del filo de la vida,

“cómase todo y acabemos”

Con el pensamiento siempre a punto de caerse al mar

pudiendo y no pudiendo

comérselo todo y acabemos.


miércoles 7 de septiembre de 2011