Una noche, en una playa, en otro país
masomenos como este, pero yo estaba de vacaciones
un señor me relataba el terremoto.
Le hablé de la marea con la mirada arriba,
la palabra oblicua y el pensamiento en la carpa
¿No está subiendo mucho? - pregunté.
El tipo me miró todo el cuerpo y siguió diciendo
que no mirara tanto la luna
porque iba a sangrar
y si sangraba, sangrarían también
cualquiera que que acarreara agua cerca,
la que recordara algo exquisito
y todas las que se sintieran miradas, sangrarían
si alguna andaba como con la marea, sangraría.
La que hubiera sabido del terremoto y
quien fuera que por ahí estuviera
acostumbrada a los lamentos.
No había que mirarla mucho porque sangraban.
Y traerían la marea.
Yo no sabía qué pastilla blanca redonda tomar.
Pero la luna esa noche
retiró la marea de mi carpa.
Durmió afuera,
y la siguiente vez que nos vimos enteras
se habló de desamor.
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