
Él casi nunca estaba al tanto de lo que pasaba por mi cabeza y yo, en mi cabeza, le reprochaba eso. Aquella era de las primeras noches heladas del año. Habíamos quedado en encontrarnos, yo había estado muy enamorada de él y no sabía si aún no lo estaba. Hacía mucho que no nos veíamos y me pasó a buscar por la facultad. Apareció perfumado y extraño. Al principio se la pasó abriendo y cerrando los agujeros de la nariz y explicándose con ese gesto que tan pocas veces le había visto y que estoy segura que yo sola soy capaz de reconocer, esa especie de tensión en la cara que no sé muy bien cómo describir, pero que se le nota mucho en la forma de mover la boca, de mostrar los dientes o de cerrarlos entre palabra y palabra, un gesto muy extraño que pocas veces le había visto, sólo algunas veces. Por lo general yo lloraba cuando él hablaba con esa cara, algunas veces en que me habló demasiado seguro de no estar seguro; como una cara de responsabilidad terrible, de soldado raso, de verdugo, una que lo hace parecer de doce años, la cara que ponía cuando sentía que era necesario explicar algo o cuando estaba nervioso. Y vino con esa cara, perfumado y raro, yo lo quise abrazar, un poco porque lo extrañaba, otro poco porque me había dejado esperándolo un rato en la calle y la noche estaba muy fría, pero de ninguna manera porque hubiese querido olerlo; quise abrazarlo pero se me retorció, me palmó, me rozó con alguna parte ambigua del brazo en alguna parte medio insensible de mis capas de lana, con las manos un poco blandas, eso no se parecía en nada a un buen abrazo y nos dijimos hola, estás perfumado, me bañé, vamos por birra. Por supuesto que no le dije que estaba igual pero que se reía mucho menos, además no me lo dije tampoco a mí misma ni lo pensé, pero sucedió que cada tanto los demás lo decían.
El bar estaba lleno y desde todas las mesas me miraban como si estuviéramos esperando el segundo exactamente acordado para sacar las ametralladoras de abajo del mantel, asegurarse de asesinar al capo y huir algunos en el Citroen estacionado en la puerta y yo en la moto que esperaba en Hortiguera y Alberdi, después de dejarle el maletín al Hombre de Sobretodo Beige que estuviera parado en el semáforo de Pedro Goyena. Hice caso omiso de esos metiches pero enseguida desdoblé una servilleta que adentro decía “Miralo, está igual”.
Al rato el mozo destapó la segunda birra dándole la espalda a él y me miró moviendo exageradamente los labios para que yo le leyera “Sigue igual”. El celular estaba en modo silencioso pero lo sentí vibrar toda la noche. Al día siguiente tenía treinta y dos llamadas perdidas y diecinueve mensajes de números desconocidos que decían "Está igual”.
Promediando la segunda birra tuve que ir al baño. Entré, me miré al espejo lo más rápidamente que pude, porque cuando yo sé que me estoy por mirar al espejo agarro y cambio de cara, pero yo quería sorprenderme con la cara con la que estuviera charlando en la mesa y para eso no tenía que darme tiempo de cambiarla. Hice un movimiento rápido y medio giro delante del espejo, no pude evitar sonreírme y me metí en uno de los cuadraditos de los inodoros. De atrás de la puerta salió una persona de negro con las manos muy pulcras, una mujer, me agarró me acorraló contra la pared, me mantuvo así presionándome el esternón con el antebrazo, casi cortándome la respiración. Con la otra mano en forma de revólver me apuntaba a la sien, me puso su narizota muy cerca de la mía, me largó un aliento frío, me mostró unos dientes chuecos y me dijo, bajito, apenas moviendo los labios, “Estás loca, nena, no ves que es igual”. Yo no atinaba a decir nada ni a tratar de zafarme, se me ocurrió gritar y no pude. Tenía una sola cara ensayada para esa noche, se la puse y me soltó, diciéndome que yo no sabía lo que pasaba por la cabeza de ella. Respiré.
Salí sin hacer pis y hasta que no estuvimos en el segundo bar de la noche me estuve aguantando porque no me animé a volver a ese baño ni mucho menos a contarle lo que estaba pasando. Le pedí, con un argumento ridículo, que me dejara probar su porción de papas fritas antes de probarla él y le dije que el baño de hombres estaba clausurado, que ni se gastara en ir a ver, que tenía que ir al arbolito. Pedí una tercera birra y le dije “Aguantame que voy a comprar puchos”. Caminé hasta la esquina pegada a la pared, dando pasos muy largos y rápidos, me asomé por Puan y alcancé a ver una figura negra agachada en el poste donde estaba atada la bicicleta. Al segundo siguiente me miró por debajo de una viscera con la cara casi toda cubierta y se escabulló entre la murga que vociferaba en la vereda de la facultad. Me acerqué mirando hacia todos lados. Nadie parecía andar en nada raro, sólo uno que venía pidiendo secas se detuvo a mirarme y me dijo “Ves que es igual”. El extraño de gorrita no parecía haber querido romper el candado pero el tapizado del asiento estaba roto, yo no recordaba si ya lo había traído así y no me animaba a meter la mano entre la guata. Decidí que era necesario salir de Caballito pero de ninguna manera iba a permitir que se subiera a esa bicicleta: empecé a sentir un poco de miedo. Corrí hasta la facultad y robé tres chinches de la cartelera del Partido Obrero. Le pinché las gomas a la bicicleta y volví al bar con un principio de taquicardia pero poniéndome las botas para una noche que pintaba larga.
Mi plan era tomar unas birras y poner una cara, pero ahora sabía que no podía dejarlo solo hasta que estuviera a salvo.
Volví al bar. El camarero estaba en la puerta hablando por celular. La mujer de la barra hablaba, con la cabeza metida por la ventanilla, con un hombre que estaba con el auto en marcha. El hombre del auto le recibió un sobre, ella se dio media vuelta y entró a la par mío. Cuando pasé por adelante del camarero paré la oreja pero no le pesqué una palabra. Me senté y le dije que había tardado tanto porque me había encontrado con una compañera que hacía mucho que no veía pero que estaba igual. Me dijo que una mujer con una guitarra se le había acercado para decirle que más tarde iban a tocar música brasileña en un bar por Once y le dejó un volante que decía “No Tan Distintos – M.P.B. Viernes 24:00 hs.” Habían intercambiado unas palabras y la mina le había dicho que ella tocaba el pandeiro, pero que estaba aprendiendo a tocar la guitarra. Dominé el escalofrío y le dije que era medio complicado irse hasta once porque él estaba en bici y yo a pie y estuvo de acuerdo. Mientras trataba de retomar la conversación noté que el bar se había vaciado. le dije “Parece que nos están echando” y me contestó que sí. Iba a pagar con débito pero decidí entregar los pocos billetes que tenía porque intuí poco prudente dejar mi firma estampada ahí. Nos paramos y nos empezamos a poner los abrigos. Nos miramos y nos sonreímos, y después de sonreírnos le sonreí de nuevo tratando de que no se diera cuenta de lo nerviosa que estaba.
Fuimos a buscar la bicicleta. La parejita que antes en el bar comía pizza en la mesa a nuestra izquierda, el grupo de militantes enardecidos que polimonologaba en la mesa a nuestra derecha, una mujer cuya espalda tenía forma de estuche de guitarra y un pibe de gorrita, estaban parados en medio de la calle y se alternaban para, ya algunos mirar a la murga, ya otros observarnos con mirada pretendidamente desenfocada. Nos indignamos cuando vimos las chinches y yo me puse a parlotear tratando de relacionar ese vandalismo insólito con la pésima calidad musical de la murga que seguía tronando. Empezamos a caminar, arrastrando la bicicleta en el medio.
Íbamos caminando hacia Rivadavia y empezamos a decir cosas sobre paradas de colectivos, sobre acompañarse o sobre probables destinos y a no decir muchas otras. Él se había quedado a pie y yo le mentí diciéndole que tenía que caminar hasta Medrano para tomar el 19, asegurándome de poder así acompañarlo por lo menos hasta Almagro, después tendría que inventar algo más para asegurarme de dejarlo en la casa, en Once, y para que no se le ocurriera advertir que al fin y al cabo estábamos caminando hasta Once, haciendo lo que yo había dicho que no haría por ir a escuchar a la banda de mi doble asesino. Llegamos a Medrano y me preguntó si no tenía ganas de caminar un poquito más para ir a tomar otra birra por Corrientes, ya que ya habíamos caminado hasta ahí. Me tranquilizó la idea de acercarme más a su casa y le dije que sí. Me preguntó si quería ir a un bar normal o al bar de los marginales. Le dije que prefería ir al bar de los marginales, pensando para mis adentros que allí era más probable que en un descuido le robaran la bicicleta y así tendría una preocupación menos. Así que nos metimos en Maldita Ginebra, escuchamos un hombre grandote que, micrófono en mano, acusaba a los jipis de jipis, a las putas de putas y a los drogones de drogones; y a algunos otros poetas que se acusaban a sí mismos de ser exactamente lo que eran. Me empecé a sentir más tranquila, ya habían pasado varias horas y habíamos dado muchas vueltas, seguramente los habíamos perdido.
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