
Siempre fuí medio basurero y no tengo por qué avergonzarme, vivo solo, no molesto a nadie. Si tuviera que pensar en esta perra vida ingrata que me ha negado todo aquello de los edificios espejados, los planes de fin de semana y las conversaciones con sombrillas, andaría por la calle pateando viejas. Mientras escribo esto puedo ver que algo del humo se va escapando por la ventana de este monoambiente en el que vivo con pilas de cosas con la que me he encariñado vaya a saber porqué, algunas incluso las he robado, las traje de recuerdo de lugares donde no he sido feliz o simplemente llegaron a mi casa importándome un pepino, por alguna circunstancia ínsignificante pero, al reparar en su presencia, me ha sido imposible desprenderme. He llegado a encariñarme hasta con los resúmenes de cuenta de banco y los frascos vacíos de aceitunas o de mermelada son una parte indiscutible del mobiliario. Bien entrado agosto pareciera que el invierno ha empezado a ceder y, bien sé que no es momento aún de dormir sin una frazada extra por las dudas enrollada a los pies, pero alcanza con prender todas las hornallas y adentrarse en el pensamiento para poder tomarse la licencia de dejar la ventana abierta. Si tuviera que pensar ahora en Luisa, ahora que puedo pensar como quien se rasca algo o come de la lata, no tengo que hablar con nadie ni tendrá mi pensamiento consecuencia alguna sobre nada, diría que al final las cosas salieron muy mal. Si volviera a Buenos Aires y reconociera, otra vez, a quienes me rozan por la calles o me estrujan en los medios de transporte, volviera a adivinarles el destino, el diario, la ropa interior y el auricular, tardaría menos de cinco minutos en llamar a Luisa para explicarle por qué no me quiere. Pero si algo tiene de bueno la fragilidad de la vida es que es frágil y basta con desplazarse de idioma, de rutina o de canal de televisión para que lo que antes fuera lo tan conocido ahora sólo sea un asalto en el sueño, un silencio incómodo o una sensación fugaz. Si yo me pongo a pensar en esta perra vida ingrata que me ha dado de a patadas para sacarme todo lo que yo conocía y amaba, no puedo evitar pensar en Luisa, y hacerlo de una manera desaforada, pienso en Luisa de una manera iracunda y voy entrando en calor.
Cuando tomé conciencia de lo enamorado que estaba de Luisa pensé que lo parió, ahora voy a tener que asistir a la muerte de sus padres, voy a tener que explicarle mis melancolías, probablemente me vea enredado en sus frustraciones, la aconseje mal, me acostumbre a su cuerpo, me imagine cosas y no me olvide nunca de ella. En su momento la idea me pareció encantadora y hasta sentencié que todo aquello era la vida misma, pero todavía no había tomado conciencia de que uno jamás se olvida de una persona de la que estuvo enamorado. Es una verdad rotunda e indiscutible como que matar está mal, dicha sinceramente por todo el mundo, desde los narcotraficantes hasta los presidentes, pasando por las revistas del corazón, mis amigos, los negros y el Marqués de Sade. Hace meses que no sé nada de ella y es absolutamente imposible que ser humano alguno me vea mejor que antes. Incluso acá, donde nadie me conoce, todos miran mi cara y me preguntan por otras caras que nunca me han visto y no basta con increparlos con que “ésta es mi cara” para sacarlos de la certeza de que ha habido otra. Es imposible que yo me olvide de Luisa y ahora no me queda más que recordar el momento en que me paré en el medio de esta perra vida ingrata, me saqué el sombrero y recibí con una reverencia la presencia de Luisa que había llegado para quedarse desde el momento en el que me pareció hermosa en adelante, para siempre, obligándome a juntar porquerías y mirarme el ombligo cuando quise escapar de ella, cuando quise escapar de su ombligo ausente y desmonté todo lo que me rodeaba, todo aquel mundo en el cual sabía qué era todo lo que no estaba a la vista, cada tanto cambiaba los muebles de lugar, jugaba a hacerme el ciego, opinaba sobre la vida de los demás, me hacía el canchero con las cajeras del supermercado y ya estaba muy cerca de lograr la telepatía, la adivinación del futuro y de meterme en política. Cuando me encontré solo y habiendo tirado todas mis porquerías para irme donde no supiera dónde queda el supermercado ni cuán caliente sale el agua de la ducha, empecé a juntar basura de nuevo, con un afán inconmensurable, y en un pestañeo me hice de un respetable stock de cosas apiladas en mi nueva casa con las que ya empezaba a establecer algún tipo de vínculo. Cuando llegué a Rosario eran las siete de la mañana y me moría de hambre. Compré un paquete de galletitas y una botellita de coca y guardé la botella. Guardé el papel donde había anotado mi nueva dirección y el boleto de colectivo hasta ahí. En diez días ya había poblado todos los cajones del escritorio y a los dos meses de vivir acá ya empezaba a recordar los nombres de las calles, intuía la calaña de los vecinos y sabía cómo se comportaban las chicas lindas. No tardé mucho en hacerme de una rutina y empecé a utilizar el espacio de tiempo entre que cenaba y me iba a acostar para sentarme en mi silla con ruedas a ver y reveer, clasificar, reubicar o considerar tirar algunos de mis objetos. Muchas veces pensando en esta perra vida ingrata miraba alguna de éstas, mis nuevas cosas, un aro encontrado en la calle, una pila de diarios, unas pilas gastadas, trataba de encontrarles algo de Luisa, se me hacía imposible y empezaba a mirarlas y manipularlas hasta que me daba sueño y me dormía pensando en ellas o imaginándolas en la oscuridad.
Como era de esperarse, como lo hubiera esperado Luisa, la cosa no tardó en salise un poco de control y la casa empezaba a tomar un aspecto pintoresco. Ya no tenía que preocuparme por ocupar el horrible vacío beige de ese departamento que tan mal había recibido a mi castigada persona. Empecé a emplear un criterio un poco más exigente a la hora de elegir las cosas que guardaría, una mezcla de valoraciones estéticas, históricas y emotivas. Mis nuevos sentimientos empezarían a ligarse con sus nuevos objetos y no poseer ningún objeto anterior a los seis meses desde que había llegado a Rosario me ahorraba muchos pensamientos y me dejaba lugar para otros. Cultivé especial predilección por aquellas cosas que encontrara en los volquetes cuando se desocupaba alguna casa antigua, por cualquier cosa que tuviera alguna inscripción manuscrita, por objetos de niños y por cosas pequeñas de metal. Las cosas empezaron a superponerse, a apilarse, a formar dobles filas.
Capaz aveces venía algún vecino a tocarme el timbre para pedime un martillo o cualquier otra cosa, se asomaba un poco, veía el desparramo y se daba media vuelta antes de que yo pudiera empezar a pensar en cómo mandarlo al carajo. Otras veces escuchaba algún ruido que no me dejaba dormir y me devanaba los cesos tratando de dilucidar de qué rincón de mi cúmulo de porquerías saldría. Me empezó a preocupar la posibilidad de tener alguna rata metida entre las cosas o de llenar la casa de pulgas. Tomé algunas precauciones, eché algunos químicos y procuré no mover demasiado las pilas, las columnas, los muros y las pirámides de cosas para que no me saltara nada raro. De vez en cuando me deshacía de alguna cosa, pero enseguida traía otra para ocupar el vacío, porque era imposible que yo me olvidara de Luisa y reducir el número de cosas se me hacía como retroceder, como acercarme al vacío beige que era ese departamento cuando me quedé solo parado en el medio de esta perra vida ingrata. Cuando de nuevo tiré todo a la mierda y me volví a Buenos Aires a buscar a Luisa fue muy duro encontrarla en un departamento tan despojado y la maldecí como a la rata inmunda más ruin de todo basural por haber hecho eso con su casa que constaba de: tres colores, tres superficies horizontales, cuatro electrodomésticos, cuatro elementos de tela y tres recipientes. No quiso volver conmigo y dijo que no era necesario explicar por qué. Si hubiera sido ella la que hubiera visitado mi casa me hubiera pedido mil explicaciones y yo la hubiera mandado a llorar a la plaza del centro para que aprenda lo que es hacerse de nuevo en esta perra vida ingrata.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada