domingo, 20 de marzo de 2011

Mi mamá me regaló zapatos y me pidió que le escribiera el discurso escolar del 24 de marzo.

Videla dijo 30.000.


24 de Marzo, Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia.

La dictadura militar que padeció la Argentina entre los años 1976 y 1983 fue no sólo el episodio más violento de nuestra historia como república sino también uno de las más significativos y determinantes experiencias de nuestra vida política e institucional.
Hoy en día, el día de la Memoria por la Verdad y la Justicia congrega a todos los argentinos - excepto patéticas excepciones - en sincero y rotundo repudio de lo acontecido durante la etapa del terrorismo de estado. Sin embargo, la memoria de un hecho histórico tan traumático, cuyos protagonistas aún viven y cuyas consecuencias aún no alcanzamos a discernir del todo, no es una memoria estática ni uniforme, es una memoria conflictiva, contradictoria, es, todavía, un debate.
¿Porqué condenamos a la dictadura? ¿Por qué mató fuera de la ley? ¿Por qué mató inocentes? ¿O por qué simplemente mató? ¿Cómo se recuerda la violencia? Siempre será necesario recordar a los 30.000 desaparecidos y en su nombre y el de sus familias existe hoy esta fecha, pero la búsqueda de justicia y el amor a la verdad implican también recordar todas las formas en las cuales la dictadura atentó contra la verdad y se rió de la justicia.
Durante el Juicio a las Juntas, la estrategia de la defensa de los acusados consistió en plantear la existencia de una guerra para la cual inventaron la absurda categoría de “guerra interna”, una guerra que, en palabras de Jorge Rafael Videla “Ya había sido ganada en la arena militar, pero aún debía ser ganada en la arena política”.
Todos los pueblos del mundo se han constituido y han escrito su historia a través de la violencia. Ante diferentes proyectos de nación, distintas concepciones del hombre, ha ganado el que más ha matado. La dictadura militar tenía un proyecto de nación y lo llevó a cabo. Liberal, capitalista, católico, entre otras cosas. Como todas las ideas mediocres, hizo falta muy poco para convencer a las masas de que era un buen proyecto, pero hizo falta mucha violencia para sostenerlo. Era preciso que 30.000 personas no hablaran, no tuvieran ningún trabajo, no criaran hijos, no enseñaran en las escuelas, era necesario que no se extendiera la peste de los que, otra vez en palabras de Jorge Rafael Videla, querían “atentar contra nuestra tradicional forma de vida”. Y así fue como no nos han arrebatado nuestra tradicional forma de vida. A la dictadura no le ha quedado a nadie por matar y una parte importante de la memoria del terrorismo de estado debe ser, necesariamente, la memoria de lo que ha sido en consecuencia y el entendimiento de que 30.000 desaparecidos no significan simplemente 30.000 vacíos sino 30.000 cosas que no le ocurrieron a nuestro país. En este punto empieza la memoria que, indefectiblemente pregunta y que recuerda lo que quiere, lo que le sirve para sostener una idea, la memoria de los seres humanos que recuerdan más construyendo que reconstruyendo. Falta un largo camino hasta que nos pongamos de acuerdo sobre qué fue lo que pasó durante el terrorismo de estado. Cómo fue que llegamos ahí, hacia dónde salimos y qué tan lejos estamos.
Apenas terminada la dictadura, Argentina tuvo la fuerza y la dignidad como para convertirse en el único país latinoamericano que había juzgado a sus dictadores. Se propagó por todo el país el lema de “Nunca Más”. Más tarde no fue suficiente y otro lema surgió y se popularizó. “Ni olvido ni perdón” dice un lema mucho menos emocionante que inquietante, en boca de quienes se dieron cuenta que había que empezar a poner piedra sobre piedra después del desastre. Habían indultado a militares y el funcionamiento de la democracia daba risa a los cínicos, activaba la memoria de algunos y sumía en la apatía, el desconocimiento o la pobreza a la mayoría. “Nunca más” es la válida sentencia de cualquier ser humano que ha convivido con la violencia y sobrevivió a la locura. Amén de cualquier diferencia, arriesgo a decir que hasta oficiales de bajo rango habrán dicho para sus adentros “Nunca Más”. “Ni olvido ni perdón” aparece denunciando que hay mucho que hacer después de siete años de una dictadura que hubiera sido un gobierno deplorable aunque no hubiera matado a nadie.
Hoy en día nadie considera seriamente la posibilidad de que el país vuelva a caer en una dictadura, ningún padre se preocupa por saber qué están leyendo los hijos y todos sabemos que lo más peligroso que puede hacer un joven de clase media para su futuro es ser insolente con su jefe o no saber informática. Y no es extraño que tengamos hoy, luego de una tan débil tradición democrática, y con una tan larga tradición de desamor a la libertad, un parlamento burócrata e infantil, un sistema jurídico extraterrestre, una educación exitista, una religión bufonesca, una cultura elitista para algunos, otra estúpida para muchos, un periodismo mafioso y una policía que, si es deshonesta, mete miedo a los ricos y si es honesta mete miedo a los pobres.
Y un amor al orden que nos vuelve enfermos. Nos sorprende con la memoria y el discurso por un lado y la práctica y la política por el otro. Adolescentes que respetan a los profesores autoritarios y desprecian a los democráticos. Ciudadanos que votan a cualquier analfabeto multimillonario que dice que sabe manejar empresas. Padres que les enseñan a sus hijos que es mejor el trabajo que la vocación, que valen más las relaciones que las personas, más la astucia que la inteligencia, más la seguridad que la libertad y que es mejor nuestra “tradicional forma de vida” que las posibilidades de cambio.
No sería tan significativo este día si fuera un simple día de luto por las víctimas del terrorismo de estado. En el Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia se impone preguntarse cuál será la verdad y cómo le estamos haciendo justicia. Así reaparecen los problemas, la memoria empieza a formarse y crecemos como pueblo y como seres humanos.
Rodolfo Walsh paseó por toda la ciudad de Buenos Aires golpeando puertas con su manuscrito de “Operación Masacre”, un libro monumental que valdría oro aunque fuera pura ficción, porque nadie quería dignarse a publicarlo. Pasados los años y otra vez en dictadura, dejó de confiar en la tibieza de la gente para difundir sus palabras y entendió que la única forma de manifestar la verdad era haciéndose matar. Pensó que si terminaba la dictadura y él estaba vivo, nadie lo iba a escuchar. Envió directamente una carta a la junta militar y ahora tenemos un escritor menos contribuyendo a nuestra cultura.
Porque no basta con decir “Nunca Más” para un pasado reciente que aún muestra sus consecuencias y porque a los tibios Dios los escupirá de su boca, hoy y en nuestra cotidiana acción como ciudadanos, nuestra condena debe ser íntegra, reflexiva, política, ideológica e inflexible, ante la dictadura, ante toda forma de represión y a cualquier que pretenda insinuarnos que no merecemos toda la libertad del mundo.