La casa de Delia me daba mucha curiosidad, por algún motivo
fantaseaba mucho con un armario lleno de blusones, un pobladísimo alhajero,
unos muebles de fórmica. Sabía que quedaba por Almagro y que era un PH, porque
una vez la había oído hablando por teléfono con alguien:
- Yo no recibo más el correo para él. Que camine
él los 80 metros de pasillo helado hasta la puerta.
De una manera extraña, una vez tuve la oportunidad de
conocer su casa. Delia y yo cubríamos el horario de la tarde, el teléfono
sonaba un promedio de tres veces por día y, en la época del año en la que
estábamos, las pocas horas de sol nunca llegaban a meter algún rayo por la
ventana. Por cuestiones burocráticas, hacía cinco meses que no había nada que
hacer, excepto alguna cuestión administrativa interna, rendir los sueldos y
cajas chicas a fin de mes, no mucho más. Al final de la tarde, cuando sólo
quedábamos Delia y yo, ambas manejando la computadora con la misma lentitud
pero por diferentes motivos, me dijo, como quien reclama por su derecho a
hablar:
- Me saqué una entrada para el Gran Rex. Yo
también tengo derecho a divertirme un poco de vez en cuando.
Me interrogó acerca de mi opinión sobre el artista, me
obligó a googlearlo, se inclinó sobre mi escritorio haciéndome meter la nariz
entre los rulos de la permanente con la que había aparecido unos días antes bajo
el lema de “Tengo que ocuparme un poco de
mí misma también”. Se puso a apretar con el dedo índice, muy de a uno, los
botones del teclado que deletreaban aquel nombre . L – U – I – S B – A – U – T – E. Cuando terminó, me
pidió que cliqueara en la opción “IMÁGENES” y me obligó a opinar sobre su aspecto.
Yo seguí tratando de explicarle que era la primera vez en mi vida que escuchaba
ese nombre y veía esa cara. Ella sacudió los rulos en un estremecimiento de
impaciencia e intentó referirme una nacionalidad y un estilo musical más o
menos estimativos. Ante mi falta de respuesta se irguió, agarró un cigarrillo y
el encendedor y enfiló para la puerta. Se paró en el umbral, y se puso a fumar
mientras miraba con asco mi abrigo que colgaba del perchero y giraba de vez en
cuando la cabeza para echar el humo afuera. A la mitad del cigarrillo negó con
la cabeza y tensó los labios de una manera que hacía que su boca pareciera la
cicatriz de una quemadura. Tiró el cigarrillo al piso y se volvió hacia mí
echando restos de humo, se cruzó el sacón sobre el pecho, se lo sostuvo
cruzándose de brazos e hinchó la joroba para acercarme la cara:
- El que canta “Colgando
en tus manos”. Es muy conocido.
Le dije que no, que no lo conocía. Me sostuvo la mirada un
rato y me golpeó la nuca con la palma abierta, haciendo sonar sus pulseras.
Al día siguiente, antes de que Delia llegara, le conté la
escena a otra compañera, imitándole la voz y las posturas, condimentándola con
nombres de medicamentos y padecimientos psiquiátricos, con referencias a
clásicos personajes de programas humorísticos de televisión que hace años no
están en el aire y con conjeturas acerca de Luis Baute. Nos reímos un rato y,
como no había nada que hacer, echamos a volar un poco la imaginación y otro
poco a mencionar cosas que sabíamos de ella.
- En la casa de Delia las lamparitas cuelgan del
cable y no son de las de bajo consumo.
- Delia come delivery todos los días y tiene sólo
dos tenedores y dos cuchillos.
- Una vez me contó que su marido trabaja en el
hipódromo y después me enteré que el tipo es jugador.
- A mí me contó que se encierra en su cuarto a las
8 de la noche antes de que llegue el marido y que él sale de su cuarto cuando
ella ya se fue.
- El otro día miré la computadora de Delia y tenía
abiertas mil ventanas sobre alquiler de cabañas en Mar de Ajó.
Esa noche me encontré con un amigo en un bar. Conversamos
acerca de Delia, de otras personas, de Les Luthiers y de Roberto Arlt. Después
caminamos por Corrientes desde el centro hasta Villa Crespo, jugando a inventar
explicaciones para los nombres de las calles y probando formas extrañas de
reírse. En la parada del colectivo nos dimos unos besos y nos quedamos
abrazados un rato, hablando en voz bajita del frío y de la forma del cuerpo. Me
fui a dormir muy tarde, un poco pasada de copas, soñé con la muerte de
Maradona, con flores rojas y con unas criaturas como peces. Me desperté muy
resfriada con un rayo de sol entrándome por la boca y me di cuenta que no había
puesto el despertador en mi celular y que, además, el celular no estaba por
ningún lado. Me fui al trabajo sin saber la hora.
Ese viernes Delia llegó, con un peinado nuevo más ridículo
que el anterior. “La infelicidad está en las pequeñas cosas” – pensé – y le dí
la espalda para contarle a mi compañera lo de mi cita de anoche. Cuando venía
la parte de los besos, noté que no me
estaba escuchando y me revoleaba los ojos queriendo señalar detrás mío. Otra
vez Delia lloraba en silencio mirando el monitor.
- ¿Nadie vio mi celular? – lancé al aire para romper el silencio. Todos dijeron que no tres o cuatro veces, excepto Delia, que hizo algo con la nariz.
- ¿Nadie vio mi celular? – lancé al aire para romper el silencio. Todos dijeron que no tres o cuatro veces, excepto Delia, que hizo algo con la nariz.
Cuando nos quedamos solas, al final de la tarde, se paró en
el umbral a fumar y desde ahí me dijo:
- Tu celular está en mi casa. Lo dejaste entre mis
papeles y me lo llevé sin darme cuenta. Pero hoy no te lo puedo devolver porque
de acá me voy para el Gran Rex. Pasá a buscarlo mañana a la noche.
- Bueno – dije.
El sábado le toqué el timbre veinte minutos y nadie me
abría. Estoy segura de que había alguien que varias veces se acercó a la mirilla
para ver si yo seguía ahí esperando. El lunes me llevó el celular al trabajo y me dijo
que se había olvidado de que había arreglado conmigo y se había ido a pasear.
Así fue como estuve muy cerca de conocer la casa de Delia.
1 comentario:
Que hija de puta este Santha! digo Delia, Delia.
Que alegria tu retorno!
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