miércoles, 6 de junio de 2012

La Casa de Delia.




La casa de Delia me daba mucha curiosidad, por algún motivo fantaseaba mucho con un armario lleno de blusones, un pobladísimo alhajero, unos muebles de fórmica. Sabía que quedaba por Almagro y que era un PH, porque una vez la había oído hablando por teléfono con alguien:


- Yo no recibo más el correo para él. Que camine él los 80 metros de pasillo helado hasta la puerta.


De una manera extraña, una vez tuve la oportunidad de conocer su casa. Delia y yo cubríamos el horario de la tarde, el teléfono sonaba un promedio de tres veces por día y, en la época del año en la que estábamos, las pocas horas de sol nunca llegaban a meter algún rayo por la ventana. Por cuestiones burocráticas, hacía cinco meses que no había nada que hacer, excepto alguna cuestión administrativa interna, rendir los sueldos y cajas chicas a fin de mes, no mucho más. Al final de la tarde, cuando sólo quedábamos Delia y yo, ambas manejando la computadora con la misma lentitud pero por diferentes motivos, me dijo, como quien reclama por su derecho a hablar:

 Me saqué una entrada para el Gran Rex. Yo también tengo derecho a divertirme un poco de vez en cuando.

Me interrogó acerca de mi opinión sobre el artista, me obligó a googlearlo, se inclinó sobre mi escritorio haciéndome meter la nariz entre los rulos de la permanente con la que había aparecido unos días antes bajo el lema de “Tengo que ocuparme un poco de mí misma también”. Se puso a apretar con el dedo índice, muy de a uno, los botones del teclado que deletreaban aquel nombre . L – U – I – S     B – A – U – T – E. Cuando terminó, me pidió que cliqueara en la opción “IMÁGENES” y me obligó a opinar sobre su aspecto. Yo seguí tratando de explicarle que era la primera vez en mi vida que escuchaba ese nombre y veía esa cara. Ella sacudió los rulos en un estremecimiento de impaciencia e intentó referirme una nacionalidad y un estilo musical más o menos estimativos. Ante mi falta de respuesta se irguió, agarró un cigarrillo y el encendedor y enfiló para la puerta. Se paró en el umbral, y se puso a fumar mientras miraba con asco mi abrigo que colgaba del perchero y giraba de vez en cuando la cabeza para echar el humo afuera. A la mitad del cigarrillo negó con la cabeza y tensó los labios de una manera que hacía que su boca pareciera la cicatriz de una quemadura. Tiró el cigarrillo al piso y se volvió hacia mí echando restos de humo, se cruzó el sacón sobre el pecho, se lo sostuvo cruzándose de brazos e hinchó la joroba para acercarme la cara:


- El que canta “Colgando en tus manos”. Es muy conocido.


Le dije que no, que no lo conocía. Me sostuvo la mirada un rato y me golpeó la nuca con la palma abierta, haciendo sonar sus pulseras.
Al día siguiente, antes de que Delia llegara, le conté la escena a otra compañera, imitándole la voz y las posturas, condimentándola con nombres de medicamentos y padecimientos psiquiátricos, con referencias a clásicos personajes de programas humorísticos de televisión que hace años no están en el aire y con conjeturas acerca de Luis Baute. Nos reímos un rato y, como no había nada que hacer, echamos a volar un poco la imaginación y otro poco a mencionar cosas que sabíamos de ella.


 En la casa de Delia las lamparitas cuelgan del cable y no son de las de bajo consumo.
- Delia come delivery todos los días y tiene sólo dos tenedores y dos cuchillos. 
- Una vez me contó que su marido trabaja en el hipódromo y después me enteré que el tipo es jugador.
- A mí me contó que se encierra en su cuarto a las 8 de la noche antes de que llegue el marido y que él sale de su cuarto cuando ella ya se fue.
- El otro día miré la computadora de Delia y tenía abiertas mil ventanas sobre alquiler de cabañas en Mar de Ajó.


Esa noche me encontré con un amigo en un bar. Conversamos acerca de Delia, de otras personas, de Les Luthiers y de Roberto Arlt. Después caminamos por Corrientes desde el centro hasta Villa Crespo, jugando a inventar explicaciones para los nombres de las calles y probando formas extrañas de reírse. En la parada del colectivo nos dimos unos besos y nos quedamos abrazados un rato, hablando en voz bajita del frío y de la forma del cuerpo. Me fui a dormir muy tarde, un poco pasada de copas, soñé con la muerte de Maradona, con flores rojas y con unas criaturas como peces. Me desperté muy resfriada con un rayo de sol entrándome por la boca y me di cuenta que no había puesto el despertador en mi celular y que, además, el celular no estaba por ningún lado. Me fui al trabajo sin saber la hora.

Ese viernes Delia llegó, con un peinado nuevo más ridículo que el anterior. “La infelicidad está en las pequeñas cosas” – pensé – y le dí la espalda para contarle a mi compañera lo de mi cita de anoche. Cuando venía la parte de los besos,  noté que no me estaba escuchando y me revoleaba los ojos queriendo señalar detrás mío. Otra vez Delia lloraba en silencio mirando el monitor.


- ¿Nadie vio mi celular? – lancé al aire para romper el silencio. Todos dijeron que no tres o cuatro veces, excepto Delia, que hizo algo con la nariz.

Cuando nos quedamos solas, al final de la tarde, se paró en el umbral a fumar y desde ahí me dijo:


- Tu celular está en mi casa. Lo dejaste entre mis papeles y me lo llevé sin darme cuenta. Pero hoy no te lo puedo devolver porque de acá me voy para el Gran Rex. Pasá a buscarlo mañana a la noche.
- Bueno – dije.

El sábado le toqué el timbre veinte minutos y nadie me abría. Estoy segura de que había alguien que varias veces se acercó a la mirilla para ver si yo seguía ahí esperando. El lunes me llevó el celular al trabajo y me dijo que se había olvidado de que había arreglado conmigo y se había ido a pasear. Así fue como estuve muy cerca de conocer la casa de Delia.

1 comentario:

santha dijo...

Que hija de puta este Santha! digo Delia, Delia.

Que alegria tu retorno!