viernes, 19 de agosto de 2011



Ese lunes sonó el timbre de la hora del almuerzo y fuí hasta la heladera a buscar el taper. Al igual que todos los días, no había asomado la nariz a la cocina mientras Martha me preparaba la vianda, o Martha no había preparado la vianda hasta que yo no me levantara de la mesa del desayuno para ir a vestirme para el trabajo. Así es que, como todos los días, me esperaba la sorpresa de saber qué almorzaría; sorpresa que, por lo general resultaba grata o por lo menos aprobada, porque Martha era una mujer laboriosa y complaciente, una excelente cocinera y, además, hacía veinte años que estabamos casados, las posibilidades de que me preparara algo que no me gustara eran casi nulas. No obstante, siempre aparece en el mercado algún producto nuevo, esas cosas que pareciera que antes no existían, como esa cosa que le dicen rúcula, escarola que ni sé cuál es, o ese pepino nuevo que le dicen zuchini, cosas que de vez en cuando martha me deslizaba en el taper y cuando yo volvía del trabajo me recibía con una expresión pícara y me preguntaba:
¿Y? ¿Qué tal la ensalada de... ? no sé.. “cilantro”, ponele... de “soja texturizada”, ponele.
Casi siempre contestaba que bien, pero que prefería el ingrediente tradicional que normalmente hubiera estado en su lugar.
Fuí hasta la sala de profesores y dije “buenas” sin detenerme demasiado a ver quiénes estaban. Por la cantidad de bultos supuse que el grupo de los amigos ya se habría ido, como de costumbre, a almorzar a la cantina de la esquina, porque además eran bastante vagos y solían terminar la clase varios minutos antes. Iban los dos de educación física, el de contabilidad, el de historia, el de informática y el de derecho. Incluso los que no tenían que volver a clase después se quedaban ahí a compartir la hora del almuerzo y después se iban a su casa. E incluso los que tenían que volver a clase después volvían aveces con aliento a vino. Yo nunca había logrado congeniar mucho con ese grupo de camaradas. Al principio me invitaban a ir con ellos, pero después de reiteradas veces de contestarles que no, que yo tenía mi vianda, dejaron de invitarme y yo me hice a la costumbre de ir a comer a la biblioteca. Mientras leía el diario y le hacía el favor a la bibliotecaria de cubrirla mientras ella se iba a almorzar qué me importa dónde. Fuí hasta la heladera a buscar mi almuerzo. La abrí y me quedé suspendido, pensando ante todos esos alimentos ajenos y extraños. Ahí me acordé. No, esa mañana yo no había dejado mi almuerzo en la heladera de la sala de profesores. No recordaba haberlo hecho. Aunque en realidad nunca recordaba tal cosa. Tampoco recordaba haber dejado mi almuerzo en la heladera el día anterior, pero sé que lo hice porque sé que comí; y sé que comí porque si no hubiera comido, lo recordaría. Nunca recordaba haberlo hecho, simplemente lo hacía. ¿Lo habría dejado en mi bolso? Cerré la heladera muy confundido y salí. Revisé mi bolso mientras caminaba hacia la biblioteca. Definitivamente, había olvidado mi taper del almuerzo en casa, concluí en el exacto segundo en el que llegué a la puerta de la biblioteca y ví que estaba cerrada. Comprar un sánguche por ahí y volver a la sala de profesores era la peor opción. No había llegado a distinguirlas muy bien, pero seguramente estarían las dos viejas de lengua, las de inglés y la de geografía, criticando a alguien o hablando del trabajo; afirmándose, aprobándose y felicitándose entre ellas sus opiniones políticas, estéticas o de lo que sea. No me las banco. El buffet de la escuela iba a estar lleno de alumnos. Hacía mucho frío y garuaba de una manera insoportable, tampoco me iba a quedar afuera. Estaba tan descolocado que, si pensar en lo extraño que pareciera, me puse el rompivientos y caminé hasta la cantina.
- Buenas. Hoy me les uno - dije con una firmeza que nada tenía ni de soltura ni de camaradería.
- ¡Oh, caballero! ¡Pero de haber sabido lo esperábamos para pedir! Sientesé, sientesé.
Comí en silencio, escuchando la conversación de los demás. Se hablaba de política, de las autoridades del colegio, de los alumnos más astutos, las alumnas más lindas y de los más idiotas, de las viejas que almorzaban en la sala de profesores, de fútbol, de cosas de la televisión o del cine, se contaban anécdotas. Más o menos como cuando todavía vivía en el pueblo y me juntaba en el bar con mis amigos, me hacía acordar un poco a eso, pero esos no eran mis amigos y ese almuerzo no era mi almuerzo. Cuando salimos a la calle me dí cuenta que estaba aturdido, como embotado. No podía imaginarme tener un almuerzo tan alborotado todos los días. Además, la suprema con papas había estado excelente pero bastante pesada. Me costó bastante volver a dar clase.

Al día siguiente sí encontré perfectamente mi almuerzo en la heladera cuando fuí a buscarlo e incluso recordé que allí lo había dejado cuando llegué. Bajé a la biblioteca. Cerrada. Estaría enferma la mina esa. No sabía ni cómo se llamaba. Observé que había un lindo sol y uno de los bancos, a la media sombra de los arbustos, perecía ser una buena opción. Guardé el taper en el bolso y me fuí a la cantina.
- ¿Qué tal las albóndigas con arroz yamaní? - me preguntó Matha a en la cena.
- Aaah, no, no las comí, porque fuimos todos al restaurante de la esquina a despedir a la bibliotecaria que se jubila.
- ¿Y dónde las dejaste? ¡Sacálas del bolso! ¡Ya deben estar podridas! ¡Encima ya estaban desde ayer que te las habías olvidado!
- ¡Uh! Me olvidé – dije, y me levanté rápido de la mesa. Volví con el taper y lo vacié en el tacho de basura. - Creo que se pusieron feas – dije y me fuí a acostar. Martha levantó la mesa, lavó los platos, se tomó su té, hizo su patrullaje nocturno por la casa y cuando vino al dormitorio yo ya había apagado la luz.
- ¿Te sentís mal? - me preguntó
- Mmmmno, no, supongo que me habrá caído mal el almuerzo de hoy.
- ¿Qué comiste?
- Un bife... unas papas...
- Ppfff, pura grasa. Mañana te llevás un arroz blanco.

Al día siguiente me fuí a la cantina sin pasar por la sala de profesores y cuando llegué a casa me dí cuanta que me había olvidado el taper en la escuela. Le dije a Martha que me había pasado porque ni lo había sacado de la heladera en el recreo. Que me había sentido mal todo el día y había almorzado un té con limón. Me metí en la cama sin cenar y leí el diario de punta a punta hasta que me dió sueño y apagué la luz.
Al día siguiente en el desayuno Martha me miraba de reojo mientras untaba muy lentamente una tostada con ambos codos apoyados en la mesa.
- Si estás mejor y te llega a dar hambre, comete el arroz blanco que dejaste en la escuela.
Comí sólo una tostada sin nada para no contradecir mi supuesta indigestión y llegué a la escuela con un hambre voraz. Me comí el arroz blanco en un segundo, antes de entrar a clase. Cuando llegó el almuerzo no tenía nada para comer y me fuí a la cantina.
Al día siguiente ya era viernes. Mientras esperaba el colectivo para ir al trabajo notaba, por cierta claridad en el cielo, que ya empezaban a alargarse los días y eso me puso de excelente humor. Entonces se me ocurrió hacer algo que nunca había hecho. Metí la mano en el bolso, palpé el taper con la mirada fija en el horizonte donde aparecería el colectivo. Sin sacarlo del bolso, le levanté una de las orejas de la tapa y espié el contenido. Unos fideos blancos que tenían menos pinta que yo a esa hora de la mañana.

Al mediodía, cuando estaba en la cantina, me di cuenta que me había olvidado de ponerlos en la heladera. Fuí al baño y vacié el taper en el cesto de la basura.

El sábado a la mañana recibí un llamado de la directora de la escuela. Había fallecido el Profesor Fiori, el de historia, uno de los de la cantina, de los más gritones. Pasé toda la noche del sábado en el velorio, debo haber comido como trescientos sánguhes de miga. Todos estaban ahí y se los veía realmente muy tristes.
El domingo yo estaba viendo la tele en el living y Martha se asomó un poquito desde la cocina. Dijo que no se sentía muy bien, que no iba a cenar pero que había pollo del mediodía, que me iba a prepar el almuerzo para mañana, me lo iba a dejar en la heladera y se iba meter en la cama. A mí me dió un poco de culpa, o de curiosidad, o un poco de las dos. Subí el volumen de la tele y me acerqué a la cocina en puntitas de pié. Me asomé por la puerta y la vi a ella, silenciosa y concentrada, en el exacto momento en el que dejaba caer de su boca esa enorme y densa bola de saliva en mi táper.

1 comentarios:

santha dijo...

muy logada, sabe que me encanto, igualmente tendrás mi devoluci{on en la sede del CBC del Taller Materin hermanos