I
Horacio Truso era un trompetista que se preparaba desde hacía meses para el concierto más importante de su vida. Hacía años se ejercitaba en la destreza de ejecutar el instrumento usando sólo una mano y para ese concierto tenía pensado recurrir a la ayuda de la otra mano sólo en tres ocasiones, cada una de una corchea de duración, en notas que le resultaron absolutamente irreemplazables y no había logrado digitarlas sin ayuda de la otra mano para sostener el instrumento.
Al atardecer de la víspera del concierto fue a visitar a una amiga, volvió a su casa, se preparó su comida favorita para cenar y luego se encerró en su sala de ensayo a repasar las obras y a improvisar un poco para distenderse. Se fue a dormir al alba y se despertó bien descansado a las tres de la tarde. Era un día helado, cuando salió de su casa al teatro a las cinco de la tarde ya estaba oscureciendo y era reconfortante pensar en el amasijo de vapores y lanas que lo cobijaría viajando en subte en hora pico. Comiendo garrapiñadas mientras esperaba en la estación, se le cayó un diente de platino que tenía implantado. Esto no le provocó ningún dolor y siguió su camino intentando no alterarse, no había ningún problema, luego del concierto iría al servicio odontológico de urgencia a que le colocaran nuevamente el implante. Subió al escenario diez minutos más tarde de lo anunciado porque el frío del teatro, donde no se permitía ningún tipo de calefacción que pudiera influír en la exquisita acústica, le dificultó muchísimo la tarea de calentarse las manos. Permaneció tras el telón con la trompeta bajo el brazo, dándose aliento en las manos y visualizando con los ojos cerrados la escritura de los pasajes más difíciles que iba a tocar, como hacía siempre en esos momentos de absoluta concentración. Como quien recuerda la sonrisa de una persona o un balcón con muchas flores, Horacio evocaba la imagen de unos cuantos palitos unidos a circulos y trataba de internarse en la mera forma del dibujo olvidando que aquello era la escritura de la música. Cuando se sintió listo hizo un gesto al presentador para que saliera a anunciarlo y esperó, con la mente en blanco, que se corriera el telón y cesaran los aplausos.Levantó levemente la cabeza, las cejas y el brazo izquierdo, los mantuvo así un instante y los dejó caer en dirección a la batería. Una vez más oyó romperse el silencio con aquel repiqueteo de los platillos y percibió el estremecimiento en el ambiente siempre igual y siempre otra vez nuevo, se permitió sentirlo y esperar la entrada del contrabajo con su escalita descendente, que a su vez daba la entrada al piano sin la necesidad ni de que se miraran entre ellos. Esperó los ocho compases de intruducción y prestó atención a los párpados del pianista que aprovechaba un corte del contrabajo y la batería para hacer surgir un vaivén de arpegios que lo invitaba a tocar. Se puso en posición, cerró los ojos con las cejas muy levantadas y entró en el acento con una larga nota que retomaba, dos octavas más arriba, la misma que el pianista había dejado suspendida en un dedo de su mano izquierda. Entró la batería, entró el contrabajo y su nota larga se convirtió en melodía. Ya estaba tocando.
Sintió el hueco en la dentadura. El aire que dosificaba desde su diafragma se desviaba por ese espacio y hacía disminuir la presión del flujo. Hizo un gran esfuerzo físico para vencer la dificultad y realizó toda la presentación sin que nadie pudiera percibir algo raro ni un rasgo de menor maestría en su manera de tocar. Cuando terminó agradeció al público de manera muy escueta. Notó que era el calambre en la boca lo que le impedía sonreír a la concurrencia y la agitación en el pecho lo obligaba a estarse quieto un momento antes de huir del escenario. Alcanzó a reconocer a Frank Madly, el célebre trompetista estadounidense de visita en el país, de pie, aplaudiendo en la primera fila. El director del teatro, con la cara colorada y el pecho a la altura de la nariz. Su representante, con el aplauso a la altura del bajo vientre, mirando para todos lados.
Esa noche desistió de ir al dentista y reflexionó largamente.
Siempre había sido incómodo para Horacio contarle a alguien que tocaba la trompeta. Le había resultado más facil ocultarlo que encontrar una respuesta a la razón de ese problema. Intuía que tal vez una trompeta evoca en la gente un sonido agudo muy estridente, o por lo cómico de la palabra, “trompeta”, una especie de sensación como de los tres chiflados que el podía leer en los rostros de las personas cuando les informaba que era trompetista y adivinaba que lo estaban imaginando con corbata de moño tocando ese instrumento, el único que se puede tocar con una mano y dejar la otra en el bolsillo.
- ¡La trompeta y el que toca el hombrecito rojo del diario! - le había retrucado una vez un sobrino.
- Eso no es un instrumento, es una corneta, una cosa de cotillón, para llamar a las ovejas o para avisar que viene el malón. No es para hacer música.
A medida que se fue perfeccionando en su profesión, Horacio consideró que no tenía por qué cargarse al hombro el prestigio del instrumento frente a gente ignorante que creía que un violín era mejor. Decidió no empeñarse en explicarle a toda la población el sinfín de posibilidades de desarrollo que implica para la música la capacidad de ejecutar un instrumento con una sola mano. Tendrían que estudiarlo sus tataranietos junto con todo eso de la imprenta, la máquina a vapor y las computadoras. Tampoco quiso explicárselo a la gente que sí estuviera dispuesta a escucharlo. Despreciaba esa moda tan creciente de escuchar músicas autóctonas de gente que usa todo el cuerpo nomás para marcar el pulso o se empeña en aporrear un instrumento con todas las partes de su anatomía con las que le sea posible. Había visto gente golpeando el piano con el codo, mordiendo la guitarra, cantando con la boca cerrada, gente que parecía creer que avanzar es crear cosas cada vez más difíciles en vez de hacerlas cada vez más fáciles.
Por su parte, se sabía a sí mismo con algo del futuro de la música en sus manos y pensaba llevar tan lejos como le fuera posible las posibilidades de su instrumento monopodófono.
- Ya me está sobrando una mano – pensó. - ...y ya he visto que no me ha faltado nada esta noche – siguió pensando, dando cada paso en su razonamiento como quien se acerca al cofre de un tesoro que no le pertenece... si lograra tocar mi trompeta sin necesidad de utilizar la boca... podría comprar otra trompeta... y tocar las dos al mismo tiempo – pensó.
II
Las excelentes repercusiones del concierto se habían acumulado en el contestador automático y en la casilla de correo a lo largo de toda la mañana siguiente. Horacio se levantó pasado el mediodía y en media hora ya había visto todos los mensajes de felicitaciones y respondido los que era necesario. Su representante había dejado un mensaje larguísimo, diciendo con la voz quebrada y balbuceante que había sido una noche inolvidable para él, que lo felicitaba y lo apreciaba mucho. Dominó el fastidio que le provocó el tan meloso mensaje y lo escuchó hasta el final. Acababa diciendo que Frank Madly había quedado maravillado, que iba a quedarse un tiempo en la ciudad y que le gustaría que planeasen una presentación juntos, que por favor lo llamara en cuanto pudiera, que era una oportunidad increíble, que estaba muy feliz de ser su representante, otra vez que lo felicitaba y otra vez que, por favor, lo llamara en cuanto pudiera.
Horacio consideró que no era necesario llamar enseguida y que, siendo pasadas la una, tampoco era necesario desayunar. Almorzó pensando. El concierto habia sido un éxito. Todos estaban satisfechos, cautivados. Había recibido el llamado halagueño de mujeres que hacía años que no veía y de personas con las que se había enemistado. Había vencido el miedo, la dificultad del diente perdido y había llenado aquella sala enorme, plagada de abrigos y pulóveres absorviendo el sonido, con sus miles de terciopelos y alfombras, había sido capaz de generar con su trompeta un sonido que escuchó hasta el último colado del pull man. Y había tocado la trompeta con una sola mano. Destapó una cerveza. Pensó en cuál sería el principio físico que permite flamear a las banderas, volar a los aviones, erguirse a los penes, enredarse en los árboles a las bolsas vacías, desenrrollarse tan graciosamente a aquellos objetos de cotillón. ¿Sería acaso el mismo principio físico que le permitiera tocar la trompeta sin manos, logrando sostenerla con la sóla fuerza del flujo del aire? Casi se le había terminado la cerveza, se echó en el sillón y se rió de su cómica ocurrencia pero también se rió de satisfacción y de superioridad.
El concierto más importante de su vida había sido ayer. Ahora, todos estaban pensando en él, pero él apenas lo recordaba. Hasta Frank Madly estaba pensando en él. Quería una presentación a dos trompetas. Una calamidad, nadie sería capaz de soportarlo. Él lo sabe perfectamente. ¿Dos trompetas? A quién se le ocurre semejante tortura.
- Lo que Madly quiere es tocar la trompeta con mi sonido – pensó. - pero no eso no va a suceder. Yo voy a tocar mi sonido con su trompeta.
Repasó la extraña sentencia que acababa de elaborar. No le pareció que esas palabras hubieran quedado bien acomodadas, pero él sabía perfectamente qué había querido decir. Preparó una jarra entera de café, se ató los dedos de la mano derecha con cinta de embalar y se encerró a tocar. Ya había anochecido cuando salió de la sala de ensayo y llamó por teléfono a su representante.
- Decile a la gente de Madly que cuando quiera podemos empezar a ensayar.
A la semana siguiente los representantes de Madley y de Horacio ya se habían contado sus vidas enteras, habían tenido una larga charla sobre las más inolvidables vueltas de improvisación de trompeta de la historia del jazz, se habían emborrachado, habían conseguido un muy conocido teatro céntrico y varios sponsors para el concierto que los dos gigantes darían juntos dentro de tan sólo cuarenta días. Hacía siete días que Horacio tenía la mano derecha envuelta en cinta. Había cambiado la de embalaje por otra hipoalergénica de botiquín, sólo se la sacaba para dormir y ahora debía sacársela para asistir a la cita. Era viernes otra vez. Horacio Truso y Frank Madley se reunieron esa tarde, se estrecharon sus enguantadas manos y pasaron toda la charla apretándolas cotra las tazas calientes, frotándolas debajo de la mesa o poniéndolas bajo las axilas o las piernas. Planearon un repertorio clásico con mucho espacio para lucimientos y decidieron los nombres de los músicos que los acompañarían. Terminada la charla, Madly propuso que tocaran un rato y se quedó con una sonrisa suspendida esperando la respuesta. Horacio se levantó de la silla sin sacarle los ojos de encima ni devolver la sonrisa. Dió tres pasos hacia atrás, se sentó en el piano y empezó a acariciar las teclas. Continuaba mirándolo. Le hizo una pequeña inclinación de cabeza y Madly comenzó a desenfundar su trompeta más para tener una excusa de cortar aquella mirada sostenida que por otra cosa. Horacio comenzó a tocar una base de blues tan básica y poco expresiva que hubiera resultado un insulto hasta para un baterista principiante. Madly entendió que, seguramente, Horacio quería escucharlo tocar, conocerlo, juzgarlo quizás. Accedió, estaba lo suficientemente seguro de sí mismo y aún lo suficientemente encandilado con el recuerdo del concierto de Horacio. Madly era era el trompetista más encorvado que hubiera soplado bronce alguno. Parecía que estaba queriendo aspirar la alfombra o asustar a las hormigas. Tocando sentado llegaba, incluso, a apoyar los codos sobre sus rodillas y tocaba como si se estuviera lamentando por la muerte de su madre. Cuando Madly tocaba la trompeta, no había parte de su cuerpo que no estuviera tocando la trompeta. Uno podía escucharlo aunque fuera sordo, con sólo mirarlo. Se iba encorvando cada vez más hasta que con alguna nota larga y aguda se sorprendía a sí mismo y se incorporaba dramáticamente. Se marcaba el pulso con los pies y dibujaba medialunas en el aire con los movimientos de su cabeza, separaba los codos como levantando vuelo en las frases más lánguidas o los pegaba a al cuerpo y amenazaba con caerse de boca al piso en los pasajes más frenéticos. El poco esmerado acompañamiento de Horacio se fue acomodando. Madley tocaba maravillosamente bien.
III.
Lo felicitó en español y Madly entendió el gesto. Volvió a adoptar una postura humana y respondió con una inclinación de cabeza y una leve sonrisa.
- ¡Cuánto hacía que no tocaba un poco de blues! Me he divertido mucho, Sr. Truso.
- No sea usted condescendiente conmigo, Madly – dijo Horacio adoptando un formalísimo y pausado inglés. – usted sabe que aquí en el tercer mundo, sólo la altanería le da vida al talento, y lo que yo acabo de hacer es un desaire hacia usted. No tiene por qué sonreírme con esa indulgencia. Lo que usted tiene que hacer es exigirme que toque la trompeta. Y para justificar lo mezquino de mi actitud, para llegar a insinuar que de algún modo tengo el derecho de ser yo tan miserable y grosero con usted, yo debería tocar la trompeta como un santísimo dios hecho carne, debería tocar como todos los muertos, yo debería tocar veinticuatro tiempos sin respirar, debería tocar con la mano izquierda para que usted no me condenara por lo que acabo de hacer.
Madly hizo un silencio y soltó un aire brusco parecido a una risa.
- Ya veo que vamos a llevarnos bien. Y ya que vamos a medirnos el carácter, cosa que considero absolutamente pertinente, le digo que es cierto, estaba siendo condescendiente con usted, y lo estaba siendo sólo porque ya lo he oído tocar la trompeta. Permítame decirle que es un pésimo pianista.
Se carcajearon, empezaron a tomar vino y a garabatear arreglos para el concierto. Horacio advirtió a Madly sobre lo enardecido del público argentino: era necesario tener previsto un bis, aun cuando ya hubieran previsto un bis. Pero el tiempo apremiaba, preparar oro bis requeriría por lo menos un ensayo más, los músicos de la banda ya estaban contratados para diez encuentros antes del concierto, el cronograma de ensayos era apretadísimo. Madly adujo que el programa estaba plagado de clásicos y que, cerrando con All of Me, nadie pretendería mucho más, otro bis era innecesario. Horacio apostó su trompeta a que el público ovacionaría por tres minutos más después de bajado el telón y encendidas las luces. Si tal cosa ocurría iban a salir a escena de nuevo a tocar Take The A Train. No era necesario ensayarlo: tocarían el tema una primera vez juntos, segunda y tercera vez Truso y Madly respectivamente, haciendo sus variaciones, una cuarta vez, de nuevo juntos, luego improvisación a cargo de Truso por haber ganado la apuesta, y luego de nuevo el tema, los dos juntos, una vez, otra vez y adiós.
- De acuerdo. Si usted gana, será divertido. – Dijo Madly borracho y risueño. – Pero ha apostado su trompeta. Si yo gano la apuesta, ya veremos cómo se las arregla usted para tocar la trompeta sin trompeta.
Esa noche, Horacio se desveló.
Ese Madly era un idiota. Ya no sabía qué más inventar para poder seguir tocando con las dos manos. Era capaz de tocar All of Me con otra armonía, All of Me con la letra de La Cumparsita, All of Me con tambores africanos, All of Me llorando y hasta All of Me a dúo de trompetas con tal de no tener que renunciar a sus dos manos y a esa manera de mecerse.
IV.
El público bramava, había mujeres hermosísimas que ni se habían vuelto a poner los zapatos antes de ponerse de pie para aplaudirlos, había hombres que abrazaban a sus parejas, había gente aplaudiendo con los ojos cerrados, personas mirando la cúpula de la sala como quien sospecha que está soñado. Tras el telón, Horacio Truso y Frank Madly mantenían sus espaldas juntas, normalizando la respiración y mirando el reloj. Cuatro minutos cumplidos. La bestia de cuatro pulmones, casi perfectamete simétrica, miraba a ambos lados y vigilaba el tiempo . Reapareció en el escenario y esperó a que bajaran las luces. Truso oyó comenzar los golpecitos pícaros de los platillos, se reavivaron las ovaciones. El piano empezó a insinuar algo y la oscuridad de la platea se llenaba de brillo de sonrisas. Madley, concentrado, ignoraba su trompeta como quien coquetea y se miraba reflejado en la trompeta que Truso sostenía con su diestra. Cabeceó para indicar que empezaban en el próximo compás. Medio tiempo antes de empezar, Truso cambió la trompeta de mano y se despidió de su público con Take The A Train.
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