Aquí,
con la autoridad que me otorga
el haberme levantado tan temprano hoy
como todos los días hábiles
por haberme dignamente emborrachado ayer
como todos los días torpes,
por haber nunca merendado dulce en los últimos
novecientos años
por haber aprendido a no sentarme a llorar
cuando pierdo tres colectivos que pasan juntos,
y van seguro a una fiesta
y por muchas cosas que hacen a mi nueva y flamante
(realmente quema)
constitución como persona adulta,
por la derrota dramática y fatigosa de todos los mecanismos insolilógicos que enviciaban mi mente y me hacían elaborar
toda cuestión de la vida humana
según razonamientos impropios e infantiles cuyas conclusiones resultantes se reducían a un acotado número de sentencias del estilo de “definitivamente, mañana no voy a trabajar”, o “pienso seriamente tomar un micro de larga distancia” u otras similares de igual trasfondo Serratiano.
Así pues, por haber derribado todas
Toda inútil obstinación mecánico-melódica
que le impide a uno
su óptimo desarrollo en la vida
o rodaje en la avenida,
puedo decir que
he crecido
y heme aquí
con la ropa limpia y una cartera de cuero llena de…objetos muy adultos, alzada en mis derechos y
sobriamente excitada
para explicar,
entonces,
porqué te he olvidado,
a ti, niño,
a toda tu paleta de colores
y tu diccionario.
No obstante,
lo reconozco,
resulta inevitable y considero saludable
cierta reminiscencia en horas pico,
mas nostálgica que respetuosa,
cierta tendencia a dotar de cierta mística reconfortante a ciertos fenómenos tales como:
un niño infiltrado en un ascensor de edificio de oficinas que hace un comentario gracioso,
o el resbalón de un elegante en el cerámico encerado de una sala de espera (uno que recibe su merecido por no esperar totalmente esperando en la sala de espera),
o una zapatillas marcando el ritmo tan religiosamente secreto de un walkman.
Pero, definitivamente todos estos simpáticos paréntesis
(Una nostalgia babosa, una falta de respeto)
no discuten con el texto de la vida de uno
y no impiden,
por consiguiente,
que me encuentre capacitada
para:
descruzarme y volverme a cruzar de piernas,
encender un cigarrillo
carraspear antes de comenzar a explicar
entonces
porqué lo he olvidado,
a usted, señor,
y por qué calles transita mi olvido.
Demasiadas cosas resultaban compatibles con
tu recuerdo maldito
que los lunes tan temprano salía a barrer
la mugre festiva de mis parques
venía con el diario y el pronóstico.
Era los lunes tu recuero omnimorfo
como un café en otro país
donde se conversa de la vocación de los maestros rurales
y de las complicaciones del tránsito.
Ascendía con la niebla de la madrugada y se iba deslizando al ancho río;
y cuando el mediodía, tan presente entonces como el cielo y el río,
me explotaba los granos del cuero cabelludo,
Verás, la ciudad se esfuerza
Hay muchas luces que se encienden y se apagan
el desplante permanente y las estrategias de escondite de nuestras
infraestructuras de inexorables sendas
y el enredo tétrico de cables antes del cielo.
No me hacía sombra, tu recuerdo que es
como el sol del mediodía.
No lo veía, entonces,
persiguiéndome ni precediéndome.
Verás, ocurren tantas cosas
en la calle
y en las casas
y en los edificios con carteles;
entonces tus manos que se movían me explicaban las noticias de la guerra tan lejana
y de la persistente sequía del norte,
y sonaban tanto tus pasos como la música funcional que siempre viene con uno, como un módulo cerebral más.
Aveces se hacía viernes
Y de vez en cuando se insinuaba una primavera descocada
estaba tan cansada de correr y tomar colectivos
y prestar atención que nunca me devuelven
llegaba a mi casa, me desparramaba del cansancio en el piso frío del hall,
cansada de no verte
como la tierra cansada de quedar al norte
y la guerra de quedar tan lejos
y de que te parezcas tanto a un soldado en medio oriente.
Y cuando tenía hambre la promesa de la cena se llenaba
de propuestas matrimoniales y tratados diplomáticos,
era capaz de arrancarme las uñas de ira si
al final de un día que no fue tuyo
y sí de la guerra,
encontraba algo tibio
sobre alguna superficie horizontal.
Y bebía agua y agua y agua
hasta que podía sentirla empujándome hacia el suelo.
Así lograba no saltar.
Y si lo hacía era bajito
y caía con gran estruendo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario