martes, 31 de julio de 2007

Inocente

Despejóse por completo ahora el cielo, cuando falta casi media hora para que termine la hora del almuerzo y ya nos hemos comido todo lo que hubo hoy en él. Hay días en que (un momento, partamos de la base de admitir que acostumbramos mirar el cielo como controlándolo, como para ver si nos acompaña, si nos dice algo o nos da la razón. A veces lo sentimos tan lejos y otras tan adentro nuestro. Verás, yo no soy filósofo ni poeta, no sé porqué miramos el cielo ni que significa y no se me ocurren cosas demasiado bonitas o interesantes u originales que decir al respecto, sólo me he dado cuenta que lo observamos bastante, todos lo hacemos, no podemos pasar demasiado tiempo con la vista baja sin volver a mirarlo como si fuera un hijo, o un padre, o un amigo rengo que va con nosotros y es inteligente pero penoso, impredecible, sin volver a mirarlo y creo que es muy extraño lo que hacemos cuando lo hacemos en cualquier momento del día) decía que hay días en que el cielo nos lleva la contra. No sólo porque llueva cuando planeamos picnic o estamos de vacaciones o hay eclipse, que ese ya creo que es un caso de histeria celeste extrema, porque el cielo es capaz de despreciar sus propios acontecimientos con tal de fastidiarnos; no sólo en ese sentido sino también en sentido sentimental, no? Algo quizás más intimo. Es algo de lo que nadie habla, creo, pero qué enorme tedio, qué melancolía horrible cuando en pocos instantes un día pegajosísimo y hartísimo pesado de nubes negras se despeja por completo cuando faltan tres o cuatro horas para que termine el día de trabajo.
La cuestión es que uno siempre parece un idiota, ya sea porque no trajo el paraguas y se empapó como un forastero miserable, o porque lo llevo y vuelve cargándolo de formas cada vez más insólitas dada la poca maleabilidad del paraguas. Se siente uno el idiota más incómodo de entre todos los idiotas que se apretujan ahí, superpoblando el colectivo. Yo no quiero que esto parezca un artículo al estilo de esos monólogos costumbristas que tanto se usan en estos días en la tele, el teatro y el cine, en los que alguien pone en evidencia nuestras contrariedades cotidianas, nuestras pequeñas torturas y absurdos presentándolos con cierta gracia y todos los demás se ríen a carcajadas como si se estuviera hablando de extraterrestres. Yo no me río de esas cosas, porque son mis cosas y las considero asunto serio y tratable. Uno se ríe cuando ya no tiene nada más que hacer. Esto del paraguas, por ejemplo y de los tantos desplantes y humillaciones que en su nombre soporto y lo mal que me hace sentir, se solucionaría perfectamente con un auto, dado que si tuviese yo un auto no sólo no tendría que llevar paraguas, sino que, en caso de que se me plazca declararme maniático pulcro perfeccionista y decidiera llevarlo para no mojarme en el el trayecto desde el auto hasta el edificio al que entre, podría aún dejarlo en el auto ante un eventual desplante del cielo y nadie se enteraría de mi desatino ni me importaría el desatino del pronóstico. Y por supuesto, no sería un idiota entre los amontonados, ni tampoco lo sería solo en mi automóvil, ni estaría incómodo, mucho menos.
Por eso es que, este año en que me he portado, considero, relativamente bien, me gustaría que me traigas, Papá Noel, un auto para Navidad.

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