viernes, 14 de septiembre de 2007

aclaracion oscurecedora del post de ayer ya que preguntan qué corno quise decir (o coso largo porque mañana ni pasado habrá post)

(...)

Cuando hace mucho que no hablo siento los labios pegados y la lengua como de pasta petrificada, es una sensación muy cómoda y muy difícil de romper, como si hubiese que derretirla un poco antes de poder volver a hablar. No creo ser la única a la que le pasa, pero me llama la atención la forma que tiene la boca habituarse al reposo, de aquietar su saliva, se siente como si se hubiese estado callado durante meses y es muy difícil romper el silencio voluntariamente para comentar algo, tararear o pedir la sal. Más bien conviene que nos asalte alguien por detrás, alguna de esas personas molestamente torpes que necesitan siempre palpar a su interlocutor y que, palmeándonos la espalda, pregunte “¿Flaca, la próxima es Medrano?”, y así sin darse cuenta ya esta uno diciendo “faltan dos paradas” y ni recuerda cómo era aquella mudez que de tan intensa parecía comenzar a transformar el cuerpo; que parecía profunda y resultaba, al fin y al cabo, tan efímera.
Aquí, para colmo, hay mucho para ver y poco para decir, es todo tan inequívoco. Hay un vidrio roto desde anteayer, cuando no hacía el frío que hoy en este bar ni fuera de él, donde esta todo muy lleno de camperas. Estamos todos, entonces, un poco amontonados al fondo, lejos del agujero en la ventana. Hay un imbécil que ya me golpeó la cabeza dos veces con el taco del pool.
No se si es el mejor momento para empezar a escribir, en realidad me noto un poco irritada, estoy bastante incómoda en esta silla en este bar y en estos pantalones, siento la panza hinchada y recuerdo lo que comí hace un rato mientras pienso cómo contar las historia que quiero contar. No es fácil, este pocillo estaba ajado y ahora tengo un tajito en el labio que me distrae más de lo que me duele. Anteayer, cuando se me ocurrió sentarme a escribir, no hacía el frío que hoy y la ventana estaba a punto de romperse. Ahora este frío inusual en esta época del año y su penetración en el ambiente por el inusual agujero en la ventana me distraen mas de lo que me resfrían (camiseta de algodón - polera ajustada de cuello alto - pulóver holgado sin cuello – tapado – bufanda en dos vueltas). Los años serán benevolentes y me darán un poco la razón, no es fácil concentrarse en nada en estas circunstancias, “están pasando demasiadas cosas raras”, este año llegaron unos mosquitos casi hacia el fin del verano que se volvieron tema de preocupación para el gobierno de la ciudad y, llegados los fríos del otoño, fríos incluso impropios como he mencionado para nuestro otoño templado, no parecen demasiado contrariados, quizás solo se ubican al reparo del viento en los halls de los edificios, pero no se han ido aún. ¿Cómo concentrarse cuando asistimos a un clarísimo caso de adaptación darwiniana? Estamos tomando nuestro cortadito de todas las mañanas mientras el mosquito aprende a sobrevivir al invierno.
A ver, lectores, voy a ahorrarles el trabajo, porque yo quiero escribir que estoy triste, así que saltemos la parte de que es casi primavera de 2007, que esto es una metrópolis del tercer mundo, que hay guerra en oriente medio desde no sabemos cuándo, que la economía es capitalista y la filosofía posmoderna y complaciente, que se escucha en todos lados una música insoportable, la programación de la T.V. nos insulta con descaro a cada instante, que esto es Latinoamérica post dictaduras, que en todos lados se come grasa frita y que esta todo lleno de papeles y de humo. Que cualquiera agarra un micrófono para decir cualquier cosa, que hay muchos micrófonos que hablan solos y cada cual agarra el que le toca, a algunos no les toca ninguno y entonces no saben a quien votar. Y que aquí todos votamos para todo. ¿Con anchoas o con jamón y morrones? ¡Votemos! ¿Paquito o Coco? ¡Votemos! ¿Borges o Cortázar? ¿Santa Teresita o Mar de Ajó? Aaah, si señor, siempre votamos levantando un brazo muy por encima de nuestras cabezas, a la altura de la frente, o elevándolo con desgano hasta unos 60 grados respecto a la mesa…he visto personas que debatían acodadas con su cabeza en reposo sobre ambas manos, las yemas de los anulares masajeando tímidamente las sienes y los pulgares jugueteando con el lóbulo de la oreja Al momento de votar simplemente desplegaban cual aletas sus manos apenas despegándolas de la cara, quizá sólo el meñique y el anular.. si se ponen enfáticos, incorporan el mayor. Manifiestan así, su preferencia por una salida al cine, su gusto por los viajes en tren o su militancia republicana. Y he visto, lo juro, gente que reacciona ante tales proclamas. Gente que computa semejantes intervenciones. Aquí todos votamos mucho, si, si. Es una sana costumbre que nos inculcaron nuestros padres para que aprendamos a participar sin pensar, a tomar decisiones sin dar explicaciones y a avasallar a la menor cantidad de gente posible. Mis padres son gente que ha sufrido mucho, yo lo sé. Las veredas eran anchas y arboladas, muchas de las cosas que ahora se venden en pomitos o paquetes de papel nylon sellados venían en latas o en frascos de vidrio que servían luego para jugar o guardar clavos. Todo el mundo clavaba clavos en su casa y colgaban de todo, se jugaba mucho en la vereda a la soga o al poliladron y se jugaba en los bares donde todos sabían el nombre del mozo, a las cartas, al dominó… la gente se aburría de decir siempre frases como “hola” o “todo bien”, entonces se inventaban versos para reemplazarlas, como “Adiós, corazón de arroz”, “Hola, ratón sin cola” o “Como dijo Robirosa, así está la cosa”. Todo eso yo ya lo sé y agradezco no haber tenido que vivir esos tiempos de dulce de batata e higos pasas en los que hasta los gingles publicitarios era composiciones musicales más respetables que el último premio Grammy. Agradezco no haber tenido que empaparme viendo los carnavales aquellos, sino su versión actual de espuma sintética, mil saltarines al ritmo militar de dos bombos y cuatro tambores que hacen BOM BOM BOM BOM (TATA) BOM (TATA) BOM (TATA), y lo hacen durante horas. Y si, como dice un amigo mío, esto es Chorilandia y lo que tiene de bueno es que no hace falta ser demasiado lúcido para darse cuenta que nos rodea la mugre. Insisto, quizá no sea el mejor momento para sentarme a escribir esto, me noto un poco irritada y temo que mis palabras pequen de excesiva determinación. Si mi marido captara ese tipo de sutilezas todo sería distinto y probablemente no estaría de tan mal humor.
Si, si, si, señor psicólogo, hay una persona que me tiene de mal humor, ¿contento? Y si, es mi marido. Si le basta con saber eso para explicarlo todo, puede dejar de atenderme ahora mismo porque no es de eso que he venido a hablar; por mas que usted piense que las personas son demasiado pequeñas para preocuparse por cosas que excedan a su círculo intimo y cotidiano y a su pequeña y particularísima biografía. Aaaaah si!!, ya me lo estoy imaginando, poniendo cara de póker de ases y preguntando suavemente ¿Manuel? ¿Su marido Manuel? ¡Pues a usted que le importa! Le contesto yo. ¡Estoy hablando de los vicios que me indignan de este mundo en general y de esta ciudad tristemente erguida y eléctrica en particular! ¡Eso es lo que quieren ustedes y todos los de su lado! ¡Relegarlo todo a nuestra mísera experiencia! ¡Condenarnos a nuestra pequeñez! ¡Explicarlo todo con una fabulita! Bien, lo siento, pero yo estoy escribiendo acerca de cosas que considero importantes y que me quitan el sueño dignamente. Verán, esta es una historia complicada. Yo que quiero ser escritora pretendo dominarla, pero la tarea me agobia aún antes de empezar. Esta llena de parentescos, lazos sociales de todo tipo, atmósferas diversas, ámbitos varios de características y códigos complejos. El personaje protagonista es una chica joven que fue creada por mí y, para qué negarlo, me recuerda bastante a mí hace algunos años, por más que yo nací y crecí en esta ciudad y no puedo imaginarme fuera de ella. No sabría anticipar si al finalizar el relato, o simplemente al abandonarlo, la encontraremos ya anciana o muerta, o contemplando el ocaso del día en el que comienza la historia. He elegido para ella un nombre de entre mil y lo he elegido porque suena a historia, a cosas inciertas y a cosas femeninas un poco, quizás, anacrónicas, un poco (advierto o intuyo que debo controlar el uso de la palabra “cosa”) poéticas. Se llama Isabel, es relativamente bonita, sobre todo por la mañana y con el pelo recogido, de vez en cuando alguien se enamora de ella y tiene las costumbres propias de las melancólicos que adornan la ciudad buscando los huecos entre los edificios por los cuales perseguir la puesta de sol hasta que sea posible, le escapan al barullo del centro, se sienten a sus anchas cuando las avenidas vacías de madrugada, se sienten infelices muñequitos esclavos cuando cruzan las prolijas franjas blancas de la senda peatonal. No obstante, no es Isabel exactamente un estereotipo de joven soñadora potencial futura frustrada o alcohólica o artista. No sé tampoco que acabará siendo Isabel, pero no será, desde ya les anticipo, un estereotipo, porque este no es un artículo sociológico descriptivo, sino una historia que quiero contar para ser escritora, ya que no hay escritores que no cuenten historias y lo hagan en prosa, aunque ello implique tener que renunciar al juego con la palabra “estereotipo” que me esta revoloteando en estos últimos minutos, sobre la música, los tipos en coche, las tipas que se suben a los coches, la lateralidad de los oídos, de los parlantes, del amor.
- Marisa, ¿seguro quiere hablar de sus escritos en la sesión?
- Nooo! Si voy a estar haciendo un estudio de marketing a ver si los psicólogos comprarían mi libro! Claro que quiero, ¿qué más importante que eso en la vida de una escritora?
- Bueno, la semana pasada mencionó algo acerca de su hija Anabel y ese proyecto de estudiar en el exterior.
- Aaaaahh pero usted es el monumento a la lucidez, eh? Que sagacidad impresionante, Simón Froi.
- Bueno, a ver, cuénteme de su libro.
Es una novela en primera persona, me está gustando mucho narrarla a Isabel… es una mina práctica, una mina curtida, vive con dos amigas del pueblo, se está poniendo vieja:
(Una vez que nos habíamos decidido las cosas se fueron dando solas. Nunca fuimos pueblerinas, no nos fascinan las lucecitas ni nos tomamos cualquier cosa que nos convidan. Ahora que somos mujeres adultas, ostentamos nuestras ojeras, nuestras voces roncas y nuestras patas de gallo como condecoraciones de guerra. Nos gusta sentarnos de piernas abiertas a maldecir polleritas y pestaneos de champagne. Casi dos años estuvimos en Buenos Aires antes que Ximena quedara embarazada. No es que las cosas hayan salido mal, el nene creció bien. El otro día los escuché hablando, Ximena relataba el comienzo de su largo éxodo:
“- Bueno, pero a mí me parece una estupidez, dijo y la golpeó con el palo. No era un mal tipo, la verdad que no, no era de esos que toman y después salen a robar o le dan flor de paliza a la mujer. No era un violento. Pero tenía eso, era muy amigo del palo y a la primera de cambio te lo embocaba en el bocho.
-¿Y eso le contestó a la tía cuando le dijo que quería ir a la escuela?
- Eso mismo, sí señor. ¿Entendés lo que te digo cuando te digo que vos y yo nos sacamos la lotería? Yo soy hija del mismo padre y sin embargo, acá me tenés. Podés presentarme a tus amigos, a tu noviecita sin tener ningún tipo de vergüenza, soy una persona educada, no me voy a andar paseando en paños menores, ni diciendo palabrotas. Acá esta todo limpito que se puede comer en el suelo, puedo tener una conversación decente. Fui a la escuela, como corresponde, y bien que me fue, pero mi hermana no, yo no me la traje conmigo y vaya saber uno cómo estará pasando la semana santa.”
Ximena se la pasó con el hijo de una rodilla en otra hasta que tuvo ocho años y se le cansó un poco la matronada heroica y palabrota. Lo mandó con el padre que tampoco era una mala persona. Hace dos días el chico vino a visitarla, le reclamó que hubiese olvidado su cumpleaños número quince y la dejó lloriqueando como una idiota por todas las cosas que no había querido ser.
Entonces, claro, ¿que pretendía? Habíamos agotado todas las posibilidades de volver allí, en las casas de aquel barrio no quedaría nadie capaz de alegrarse con nuestra visita, mucho menos con nuestro regreso. Nuestros padres se habían muerto mucho, como los Beatles, como Lady Di. Sin embargo vino aquella noche con un gesto infantil y fastidioso a decirme que extrañaba, que quería volver. Tamara que en la cocina se pintaba las uñas de bordó y movía el culo al son de una tonada grosera y monótona, decidió intervenir:
-Bueno, no creo que puedas volver allí, pero de última siempre vas a poder encontrar un lugar parecido.
-A veces no entiendo porqué lo hicimos, porque nos fuimos así.
-Para no poder volver.
-Dejate de joder…como si fuéramos las primeras tres mujeres que se vienen a estudiar a la capital... ¿Tenemos que inventarnos ese cuento de que hicimos algo polémico, diferente? ¿Que somos unas minas transgresoras?
-Si, lo somos - abrí la boca - una cosa es que estés sensible o que no hayas calculado que algún vicio te ibas a agarrar. Y otra que quieras echar por la borda todo lo que hicimos, que bastante esfuerzo nos costó.
Ximena era así, no entendía que las cosas no tenían una única forma de salir bien y enseguida quería volver todo para atrás… ya desde chiquitas, si hacíamos alguna travesura, por ejemplo, se nos rompía un jarrón, enseguida se largaba a llorar con los pedacitos en la mano, tratando de volver a armarlo. Mientras tanto yo era la que se preocupaba por inventar una teoría creíble que explicara la ruptura del jarrón a manos de una cortina y el viento, un gato intruso o un contundente “no se” para el cual había que ensayar una buena, pero buena, buena cara de desconcierto. Si, yo siempre fui un poco mentirosa y Ximena siempre fue un poco boba. La gente no es tan compleja como parece, esa es mi opinión. Y aunque lo fuera, no tiene tiempo de demostrarlo, es así. Yo soy mentirosa, Ximena es boba, Tamara es una trola y punto. Por eso yo tenía novio, Ximena tenía hijo y Tamara andaba sola pero andaba.
- Al fin y al cabo, ¿qué es lo que extrañás? Una vez que nos decidimos las cosas se van dando solas, ¿porqué no vivis lo que te va pasando y listo, que ya bastante tenés con el nene?
Al nene lo adorábamos, lo mimábamos, lo peinábamos, lo payaseábamos, lo iniciábamos, lo exasperábamos, lo educábamos, lo cuidábamos, lo adulábamos, lo toqueteábamos, lo complacíamos. Ahora que se había vuelto, nos frecuentaba de nuevo la casa, tenía quince años y se había puesto coloradito. Nos gusta que venga a ella y a nosotras y cuando no viene solo, lo mandamos a llamar con un avemaríapurisima que el nene entiende y aplaude por más que sea bien porteñito.
Y eso es lo que pasa cada vez que el domingo se llueve en casa de nosotras tres.)

- Bueno, si le hace bien siga escribiendo
- No se para qué le cuento las cosas a usted.
Que ser tan tiste, tan triste me he vuelto y lo digo y me suena a poesía y no deja de avergonzarme. Cuantas actividades de precisión y monotonía me sirven tan bien para pasar las horas…tejer…jugar al buscaminas…mantienen la tensión necesaria para sentirme ocupada, soportable para no implicar el movimiento de nada que tenga que ver con la voluntad. A veces voy a terapia, doctor, y a veces escribo un personaje. A veces mezclo las dos cosas y saco conclusiones idiotas.
Que ser tan lamentable me he vuelto, yo que era inteligente, lo sigo siendo, intimidaba a los muchachos en los bares, hacia comentarios de ácida gracia y se me respetaba; hacía oír mi palabra autorizada y aumentada en su peso por una mirada profunda, reforzada por un vestuario original, una bebida seca, un comentario sobre música y una critica al ultimo estreno cinematográfico independiente, todo en una sola noche ocurría a veces y era invencible, abría las aguas a mi paso…estaba sola, si, pero quien se atrevería a negar que ocurría mi soledad como un cargo honorífico porque era yo de temer, realmente me las traía …
Ahora llevo plata en el bolsillo como minerales calientes. Es viernes, hay gente por todos lados volviendo a casa y no se me ocurren palabras para expresar el dramatismo con que se lanzan los mil coches por la avenida en onda verde, no sabría explicar porqué me pone tan triste, pero el caso es que el colectivo ha salido del centro de la ciudad y por esta avenida el tránsito es multitudinario y rápido, puedo ver los próximos cuatro o cinco semáforos pasando a su verde como apurándonos a llegar hasta ellos. Es increíble, podríamos estar así durante horas, viendo semáforos que más allá se hacen verdes y yendo a verlos de cerca antes que cambien de idea, desesperados. Me viene a la cabeza el último párrafo de “autopista del sur”. Esto es aún más triste, porque al estar avanzando y tan fluidamente, nadie se siente un idiota, a nadie le hierven las sienes de ira, nadie tamborilea con los dedos. Ni siquiera yo, que nunca estuve tan quieta. Hasta se me ha petrificado otra vez la boca del silencio. Y sí, es todo tan berreta, tan berreta – diría Isabel – caminemos por el conurbano un domingo a la tarde, todo es grasa, gasoil, carteles y carteles, hijos, hijos, hijo de personas con ropas a rayas, de mujeres con jeans ajustados. Hay ferias repletísimas que venden cosas y más cosas; es todo tan berreta y viscoso que se lo critica con prosa berreta y fluida.
Sin embargo no es domingo, hoy, es sábado – recuerda Isabel – y me he levantado realmente hermosa esta mañana a las diez. Estaba bastante demacrada, había dormido poco pero tenía los labios muy enrojecidos y los ojos grandes y brillantes. Además estaba alegre. Irrumpí en la cocina y saludé a mis padres arrojándoles todo ese papel picado.
- Buen día, papi! Qué bonito, acá dele a las tostadas y el diario en vez de aprovechar la mañana del sábado arreglando algo de las cosas de la casa, eh? Buen día mami, ¿Cómo va? Habría que tomar unos mates, no? La situación lo exige….qué temprano me levante!
- Te acostaste tarde? – voz paterna o materna, fallan las referencias y la frase es bastante neutra.
- Uy, como a las cinco, pero está linda la mañana, no? ¿ Y los demás duermen?
- Sí. ¿Cómo te fue?
- Bien bien.
Verborrágica, nerviosamente contenta de estar en casa, inexplicablemente cariñosa, desayuné en la cocina con mis padres de trapo, haciendo preguntas que los hicieran divagar en anécdotas de los tiempos de la lata, agregando comentarios divertidos, simpáticas comparaciones levemente irónicas. Comuniqué mis planes para ese sábado dejando entrever mi buen ánimo. Volví a mi cuarto a mirarme al espejo. Y entonces se me ocurrió el personaje Isabel. Y creí que sería un buen material para la próxima sesión.

(…)

1 comentario:

Anónimo dijo...

Desde las entrañas.