viernes, 14 de septiembre de 2007

A Santiago nomás llevamos lápices


Acá calor, muchisimo calor,
por la tarde, aire calientisimo,
trae los rayos de sol donde no solos .
Diez días que vivir acá,
cuando llegamos el calor ya llegado
por entonces todavía jugar a desafiarlo en suya
la siesta
a pararnos al costado de la ruta,
de la temperatura ascender y
no hay arbusto de descansar
la vista encandilada.

Las cosas del monte, la hora de
la siesta
no se iluminan con el calor,
se cubren de brillo polvoriento blanco.
Todo se vuelve blanco:
la tierra seca,
el verde siempre gris de la vegetación,
todo siempre primero blanco a
la hora única de
la siesta
la siesta precisa santiago alfileres
que deberíamos estar durmiendo,
pero estamos recordado
de qué color son las cosas del monte cuando no les pega
el sol tan fuerte que les pega
a la hora de
la siesta
en este lugar que es una siesta
de los demás todos los lugares.

Y en esas estábamos, hacía calor,
parados al costado de la ruta por donde
pasan observadores camiones y nos miran
ya desde lo tan lejos que se puede mirar en el monte desmontado. Aminoraban la marcha cuando eramos apenas
unas siluetas blancas
vagamente antropomorfas;
la volvían a acelerar cuando,
ya indiscutiblemente
personas,
no nos confundían con
personas que quieren irse
donde no halla plantas iracundas que fabriquen espinas
del tamaño de
estos lápices.


Enero 2005

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