Por supuesto que volvío, tal como ella lo había anticipado años antes, casi completamente pelado, con las piernas flacas ya no tan graciosas sosteniendo la barriga de los cuarenta años, ya no tan simpático por andar con el termo abajo del brazo, ya no tan encantador en su gusto por el fútbol; su vertiginosa profesión tampoco significaba ya el mundo de estimulantes intrigas y aventuras que su mente y su conversación habían significado antes. Ahora era más bien un tipo común.
Por supuesto que ella todavía lo quería y, tal como se lo había propuesto siendo aún tan joven, jamás permitiría que un orgullo burgués, machista y mezquino le impidiera abrazar al hombre tan querido, el lindo, simpático y mujeriego muchacho que tanto se le había estado escurriendo de joven, hoy devenido un tipo común que regresaba a cumplir todos los designios, ahora protagonizando, ay, por todos los santos, la historia más trivial del mundo y la más vulgar escena de sexo entre dos que han envejecido un poco, pero no tanto.
Pobre de él que apenas un par de años se había aprovechado de ella, de su entrega incondicional, su radical concepción del amor, sus irreprochables intenciones, su evidente fascinación al verlo. Ella que, aún siendo abogada, lograba muchas cosas moviendo los hombros, las pestañas y el culo. Ella que amaba como un vikingo diciendo que el amor era revolucionario, que no había que negociar, que nunca especular, ni nada de hacerse valer, ni cotizarse, ni reservarse, ni ninguna otra metáfora asquerosa de horribles reminiscencias capitalistas. Ella que estaba tramando su Beatificación Siglo XXI, lo dejaba pecar y transgredir cuanta ley quisiera lo perdonó muchas veces, lo apañó, lo comprendió, lo encubrió, lo puso miles de veces fuera del alcance de sus enemigos y esperó el momento del Gran Perdón.
Pobre de él cuando volvió, pobre tanto como cuando se fue sin haber consumido del todo a su ambiciosa enamorada. Pensar en el pasado no era una experiencia tan intensa, y menos con esa mujer insoportable que lo había despedido sentenciando que volvería envejecido, enumerando los pormenores de su decadencia espiritual y física. Y le había adelantado, por si fuera poco, que allí estaría ella, todavía queriéndolo.
Así sucedió, efectivamente. La mismísima tarde en que volvió se quedó a cenar, a dormir y ya no se fue de allí hasta el día en que murió, quince días más tarde, cuando la policía lo encontró tal como decía la denuncia histérica recibida de la voz de su mujer momentos antes en el teléfono de la comisaría.
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