
La frase es de por sí inquietante. "La noche de los Museos" se nos aparece en nuestra conciencia urbana, tras cuatro ediciones, con un sabor a cosas conocidas y todo lo extravagante que puediera sugerir una idea como la de la muchedumbre en primavera asaltando los museos de madrugada queda subsumido bajo el folclore que el acontecimiento repetido se dota a sí mismo para poder definirse. Obviamente, si yo viniese de Zimbawe y un muchacho con rastas me dijera "esta noche es la noche de los museos, así que volveremos tarde", definitivamente no entendería nada y la experiencia, año tras año, me haría comenzar a elaborar una interpretación de tan insólita consigna. No se trata de hacer el comentario obvio acerca de la hipocresía, el snobismo, la careteada de los que no pisan jamas un museo y anoche se fueron a pasear por adelante del amigo Kuitka qué lindo, che, qué lindo...
A veces pienso en la cantidad de cosas que hemos hecho buscando un Woodstock. Un sólo fenómeno, un acontecimiento que tenga que ver con todo lo que leemos y lo que queremos escribir, lo que se puede narrar en las escrituras de todo tipo: en las crónicas de los diarios, en los diarios íntimos, en los libros de historia, en los ensayos sociológicos, en las memorias, en la borrachera del desparpajo irreverente, la proclama del no soy intelectual porque no quiero, pero si quisiera les paso el trapo a todos, no obstante la noche de los museos me queda tan chica que vengo a bailarla nomás. Hay que apropiarse de la ciudad y todos sus museos, hasta podemos entender cualquier cosa como museo, así la noche se hace más profunda, más amena y más a la intemperie, los de cuadros, los de tango, los de dinosaurios. Apropiarse y nunca jamás entregarse a una añoranza inútil de una ciudad con fronteras, con lugares y lugares para gente y gente. Somos una turba de emergidos escuchando música vieja con oídos nuevos, con la palabra cultura en el estandarte plegable que, por poco elegante, llevamos en la mochila como el documento por las dudas.
Santiago Vázquez, músico polifacético de evidente formación académica lleva sus tambores y te recuerda que la música es de los músicos y es del tiempo. Del resto es el resto. Del escenario al pasto llega lo que hace el cóctel de noche y museo, que mezclar con el ofialismo del acto, lo bueno que va a estar Buenos Aires, de De La Cárcova, Palais de Glace y macramé con eso se salta, se salta mucho, lo que queda de "La Bomba de Tiempo" llega como la Creamfields, a dibujarnos en la cara un gesto performance de persona de su tiempo y a movernos los pies como penetrando la Candona o haciendo dedo.
Kevin Johansen nos queda más que cómodo, porque además de todo, es indiscutiblemente bueno. Si te quedaba alguna duda de ello, si no te alcanza con el despliegue de ingenio para verbalizar intuiciones y demoler museos y cachetear muralistas mexicanos, no te preocupes. Un solo virtuoso del armoniquista de The Nada o una anécdota de Zurdo Roizner tocando con Vinicius de Moraes te llevara a descansar a un páramo de inquietud cerebral. No todo nació y murio con nosotros, alguien se habrá olvidado algo antes del ´83, cuando empezamos a nacer nosotros. Las cosas muy nuestras nos cansan y hace falta que alguien haga algo viejo, como un solo perfectamente incomprensible o un Long Play. Liniers se encarga del resto.
6 comentarios:
muy atinado el resaltadito ce. muy extraño que los hayas resaltado con verde ¿esperanza? ¿moco? ¿flato?.
besos
pastito nomás, y todo lo que ello implica
¿ustedes se entrenan para hablar como personajes de rayuela o les sale de casualidad, de tan poéticas e ingeniosas que son?
Ay, qué lindo piropo...yo queria imitar a Sarlo en Viva y el muchacho me dijo Maga. Gracias, frustrado agresor.
(¿quienes son "ustedes"?)
es que estaba hablando de los comentarios, no del post en sí.
aahh... este blog es tan groso que tiene comentaristas de comentaristas...
y el post? pegue, que para eso estamos!
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